Si no eres un delfín, no bebas agua de mar

Hay una frase que llevo meses escuchando en consulta y que, sinceramente, nunca pensé que acabaría formando parte de mi día a día como nutricionista clínico.

“Estoy tomando agua de mar diluida porque me han dicho que remineraliza, alcaliniza y desinflama”.

Lo sorprendente no es escucharla una vez. Lo sorprendente es la frecuencia.

Trabajo desde hace años entre hospitales y consulta clínica. Veo pacientes derivados desde cardiología, digestivo, endocrino, oncología o medicina interna. Y cada vez más compañeros médicos me envían personas no solo desbordadas por el exceso de suplementos, sino también profundamente confundidas por la cantidad de mitos nutricionales que consumen cada día en redes sociales.

Y entre todos esos bulos, el agua de mar ha encontrado su momento de gloria.

Algunos pacientes llegan convencidos de que mezclar un 30% de agua marina con un 70% de agua dulce puede mejorar su salud. Otros la compran embotellada online por dos euros el litro porque proviene del mar de Alborán o de una zona “pura”. Y otros, directamente, me aseguran que ayuda a alcalinizar el cuerpo, oxigenar las células o incluso combatir el cáncer.

Cuando intento explicar la fisiología detrás de todo esto, a veces recibo siempre la misma respuesta:

“¿Y por qué os metéis con el agua de mar y no con los ultraprocesados, el alcohol o los refrescos?”

Y la respuesta es sencilla: claro que hay que hablar de ultraprocesados, alcohol y exceso de azúcar. Llevo años haciéndolo. Son problemas reales y con enorme evidencia científica detrás. Pero que existan hábitos perjudiciales no convierte automáticamente en saludable cualquier producto que se venda como natural.

Ese es precisamente el problema de muchos discursos pseudocientíficos actuales: utilizan una crítica legítima a la mala alimentación moderna para introducir ideas que no tienen respaldo científico.

El agua de mar suena ancestral. Natural. Pura. Casi poética. El problema es que el cuerpo humano no funciona por poesía, sino por fisiología.Y la fisiología tiene bastante claro qué ocurre con el agua de mar.

El principal componente mineral del agua marina es el sodio. Mucho sodio. Muchísimo más del que el organismo necesita. Nuestro cuerpo mantiene el equilibrio interno mediante mecanismos muy sofisticados controlados por el riñón, las hormonas y la regulación de electrolitos.

Por eso, en personas sanas, cambiar el tipo de agua suele tener un impacto mínimo comparado con algo mucho más simple: mejorar la calidad global de la dieta.

Muchos defensores del agua de mar hablan de magnesio, calcio o potasio como si fuera un tesoro nutricional oculto. Pero para obtener esos minerales, un puñado de almendras, unas lentejas, un yogur o unas espinacas tienen muchísimo más valor nutricional que una botella de agua marina diluida.

El cuerpo no necesita agua “mágica”. Necesita nutrientes, descanso, ejercicio, salud metabólica y hábitos sostenibles.

Además, las afirmaciones más populares sobre el agua de mar no tienen respaldo clínico sólido.

En los últimos meses he escuchado hablar del agua de mar como método para “alcalinizar el cuerpo”, “oxigenar la sangre”, “desinflamar tumores” o ayudar frente al cáncer.

Eso no es cierto.

El pH sanguíneo no se modifica bebiendo agua alcalina ni agua de mar. Está regulado de forma extremadamente estricta por pulmones y riñones.

Existe un contexto donde sí hablamos de electrolitos y reposición mineral con evidencia científica: el deporte de alta intensidad. Pero esas soluciones están formuladas con concentraciones precisas y no equivalen al consumo de agua de mar.

Y luego está la parte más práctica y menos romántica de toda esta historia. Porque cuando grabé hace poco un reportaje sobre agua de mar con mi querida reportera Sandra Mir, hubo un momento en que acabé riéndome mientras enumeraba quiénes no deberían tomarla:

Embarazadas. Hipertensos. Enfermos renales. Pacientes cardiovasculares. Personas con insuficiencia cardíaca. Personas con retención de líquidos.

Y entonces pensé algo tan absurdo como real:

Si tanta gente no debería consumirla… quizá el problema no sea que falten minerales. Quizáel problema sea que nos sobran gurús.

Al final terminé aquella entrevista diciendo una frase medio en broma, pero bastante científica:

“Si no eres un delfín, no bebas agua de mar”.

Porque en nutrición, como en casi todo, las soluciones milagrosas suelen ser las menos reales.

Dormir mejor. Comer mejor. Moverse más. Acercarse a la naturaleza. Tener pensamiento crítico.

Eso no cabe tan bien en un vídeo viral.

Pero funciona bastante mejor que beberse el Mediterráneo.

Dr. Javier Martínez
Dr. Javier Martínez
El doctor Javier Martínez López es dietista-nutricionista clínico y tecnólogo de los alimentos. Está vinculado a HM Hospitales, donde ha ejercido como responsable de nutrición en el Policlínico HM Moraleja y ha trabajado previamente como dietista en distintos centros del grupo, entre ellos HM Torrelodones, HM Manoteras y HM Las Tablas.Es graduado en Nutrición Humana y Dietética por la Universidad Alfonso X el Sabio y licenciado en Ciencia y Tecnología de los Alimentos por la Universidad Autónoma de Madrid. Además, cuenta con formación como Técnico Superior en Dietética y está especializado en nutrición deportiva, clínica y hospitalaria.

Deja tu comentario

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

spot_imgspot_imgspot_img

Articulos relacionados

Síguenos...

80FansMe gusta
9SeguidoresSeguir
26SeguidoresSeguir
1SuscriptoresSuscribirte

Últimas entradas