La presión asistencial y la falta de recursos limitan el abordaje integral del insomnio y favorecen la cronificación del uso de hipnosedantes
El insomnio es un problema de salud pública que cada vez afecta a más personas en España. Estudios poblacionales recientes estiman que alrededor del 43,4% de la población adulta presenta síntomas de insomnio y cerca del 14% cumple criterios de insomnio crónico, lo que convierte este problema en un motivo de consulta muy frecuente en Atención Primaria.
Mientras que la evidencia científica respalda priorizar la Terapia Cognitivo-Conductual para el Insomnio (TCC-I) como tratamiento de primera línea, el uso de hipnosedantes sigue al alza. En nuestro país, su consumo ha pasado del 3,7% al 9,7% en los últimos años en la población de 15 a 64 años. España, de hecho, está a la cabeza en el consumo mundial de benzodiacepinas, con cerca de 110 dosis diarias por cada 1.000 habitantes. Estos fármacos pueden ser útiles, pero no sin una supervisión médica adecuada. Su uso prolongado, sobre todo en personas mayores, puede provocar efectos adversos, dependencia o adicción.
La limitada disponibilidad de intervenciones como la TCC-I favorecen que el tratamiento farmacológico se convierta en la salida más rápida, aunque no sea la más adecuada a medio y largo plazo. “Los fármacos deberían reservarse para situaciones concretas, durante periodos cortos y con un plan de retirada”, advierte Laura Araújo Márquez, coordinadora del Grupo de Trabajo de Salud Mental de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN). “El problema es que entre la recomendación teórica y la realidad asistencial sigue existiendo una brecha relevante”.
En este sentido, en España sólo un 4% de las consultas programadas de Atención Primaria alcanza los 15 minutos de duración, una limitación estructural que favorece respuestas más rápidas, pero menos complejas y menos eficaces a largo plazo. “Más que una ausencia de herramientas, lo que existe es una limitación de recursos para implementarlas bien”, explica la experta de SEMERGEN. “El insomnio requiere escucha, exploración clínica, explicación de medidas conductuales y seguimiento. Todo eso es difícil de desplegar en consultas tan breves”.
El papel del insomnio en los trastornos de salud mental
El insomnio no es sólo una consecuencia de los trastornos de salud mental. Aparece de forma muy frecuente en cuadros como la depresión, los trastornos de ansiedad o los trastornos psicóticos, pero también puede surgir antes y aumentar el riesgo de que se desarrollen estas patologías. Dormir mal de forma mantenida altera la regulación emocional, incrementa el estrés y reduce la capacidad de afrontamiento. El insomnio, en este contexto, actúa como desencadenante en personas vulnerables y como agravante en pacientes ya diagnosticados, dificultando la recuperación y favoreciendo las recaídas.
Por este mismo motivo, guías clínicas como la European Sleep Research Society (ESRS)aconsejan un uso de fármacos limitado, supervisado y siempre combinado con intervenciones no farmacológicas. “Cuando se utiliza como única estrategia y de forma prolongada, puede favorecer tolerancia, dependencia y cronificación del problema del sueño. Además, algunos fármacos pierden eficacia con el tiempo o generan un efecto rebote al retirarlos”, aclara la Dra. Marina Díaz Marsá, presidenta de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (SEPSM).
La Dra. Díaz Marsá coincide con Atención Primaria en que existe una tendencia a medicalizar el insomnio sin explorar los factores que lo mantienen. El abordaje adecuado, a ojos de la presidenta, “exige entender el insomnio como un fenómeno multifactorial y tratar tanto el síntoma como su contexto”. Y es que no todo “dormir mal” equivale a insomnio crónico. “Conviene evitar tanto la banalización como la medicalización automática del problema”, recuerda Araújo Márquez, quien asegura que limitar el uso prolongado de hipnosedantes debería ser una prioridad clínica y de salud pública en España.
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FUENTE: ConSalud.es


