El Ministerio de Sanidad publica un documento que alerta de efectos cardiovasculares, respiratorios, neurológicos y sobre la salud mental, además de riesgos derivados de la contaminación del agua y del suelo que pueden prolongarse durante años
España se encuentra en plena crisis de incendios actualmente. Un incendio forestal debe abordarse como una emergencia de salud pública y no únicamente como una crisis ambiental. Es uno de los principales mensajes de la nueva Guía sanitaria. Recomendaciones sanitarias en actuaciones de incendios forestales, elaborada por el Ministerio de Sanidad, que dedica un amplio apartado a los impactos sanitarios derivados de estos episodios.
El documento subraya que la inhalación de humo constituye la principal amenaza inmediata para la población, aunque advierte de que existen otros riesgos con consecuencias que pueden aparecer semanas, meses e incluso años después del incendio, como la contaminación del agua de consumo, la degradación del suelo o las secuelas psicológicas.
Las partículas PM2.5, el principal riesgo sanitario
Sanidad identifica las partículas finas PM2.5 presentes en el humo como el contaminante con mayor impacto sobre la salud. Estas partículas pueden penetrar profundamente en el aparato respiratorio, atravesar la barrera pulmonar y alcanzar el torrente sanguíneo, desencadenando procesos de inflamación sistémica y estrés oxidativo. Además, el Ministerio señala que la evidencia científica apunta a que las PM2.5 procedentes de incendios forestales podrían ser incluso más peligrosas que las originadas por otras fuentes de contaminación atmosférica debido a su composición química.
La guía recuerda que el humo no afecta únicamente a las poblaciones próximas al incendio, sino que puede desplazarse cientos de kilómetros impulsado por el viento, ampliando considerablemente la población expuesta.
Del asma al infarto: los efectos sobre la salud
Entre los efectos inmediatos de la exposición al humo, el Ministerio cita irritación ocular y de garganta, tos persistente, cefalea, fatiga, mareos, dificultad respiratoria, dolor torácico, taquicardia y exacerbaciones asmáticas, además de síntomas más graves como alteración del estado de conciencia o expectoración con sangre.
Sin embargo, la guía pone el foco en las complicaciones cardiovasculares y respiratorias asociadas a la exposición a partículas finas. Entre ellas destacan:
- agravamiento del asma, la bronquitis y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC);
- disminución progresiva de la función pulmonar;
- mayor susceptibilidad a infecciones respiratorias como gripe o neumonía;
- incremento del riesgo de infarto agudo de miocardio;
- descompensación de la insuficiencia cardíaca;
- aumento del riesgo de ictus isquémico;
- aparición de arritmias cardíacas.
El documento también recoge evidencia que relaciona la exposición prolongada al humo con un mayor riesgo de cáncer de pulmón, leucemia, linfoma no Hodgkin y tumores de laringe, faringe y vejiga, además de posibles efectos neurológicos asociados a procesos inflamatorios crónicos, incluyendo un incremento del riesgo de enfermedades neurodegenerativas como Alzheimer y Parkinson.
Aumento de la mortalidad
Uno de los mensajes más contundentes de la guía hace referencia al impacto del humo sobre la mortalidad. Sanidad recoge los resultados de un estudio europeo publicado en The Lancet Planetary Health, según el cual pequeños incrementos en la concentración de partículas procedentes de incendios forestales se asocian con un aumento del 0,7% de la mortalidad general, del 0,9% de la mortalidad cardiovascular y del 1,3% de la mortalidad por enfermedades respiratorias.
Además, advierte de que infravalorar la toxicidad específica del humo de los incendios podría conducir a subestimar en más de un 90% el número de fallecimientos atribuibles a estos episodios.
La guía también dedica un apartado específico al impacto sobre la salud mental, recordando que los incendios pueden convertirse en acontecimientos altamente traumáticos. Entre las principales consecuencias identifica trastorno por estrés postraumático (TEPT), ansiedad, depresión, alteraciones del sueño, problemas alimentarios y procesos de duelo derivados de la pérdida de viviendas, pertenencias o del propio entorno natural. En la población infantil, además, pueden aparecer irritabilidad, retraimiento social, pesadillas y descenso del rendimiento escolar.
El Ministerio identifica como especialmente vulnerables a las personas mayores de 65 años, menores de cinco años, mujeres embarazadas, trabajadores expuestos al aire libre y pacientes con enfermedades respiratorias, cardiovasculares, diabetes, cáncer, inmunodepresión o necesidad de oxigenoterapia.
Además, recuerda que las olas de calor, cada vez más frecuentes por efecto del cambio climático, potencian el riesgo sanitario asociado a los incendios forestales al favorecer golpes de calor, descompensaciones cardiovasculares, insuficiencia renal aguda y exacerbaciones de patologías respiratorias y psiquiátricas.
Los riesgos continúan cuando el fuego ya se ha extinguido
La guía insiste en que los efectos de un incendio no terminan con la extinción de las llamas. El arrastre de cenizas y sedimentos puede contaminar embalses y redes de abastecimiento con metales pesados, hidrocarburos aromáticos policíclicos, dioxinas, furanos, nitratos, bacterias y cianobacterias capaces de producir toxinas. Esta contaminación puede provocar efectos neurotóxicos, alteraciones renales y hepáticas, trastornos gastrointestinales, incremento del riesgo de cáncer y problemas graves en lactantes, como la metahemoglobinemia asociada a elevadas concentraciones de nitratos.
Según el Ministerio, el deterioro de la calidad del agua puede prolongarse desde varios meses hasta décadas, dependiendo de la intensidad del incendio y de las características del terreno afectado.
La guía concluye que los incendios forestales desencadenan una «cascada de eventos» que transforma los ecosistemas y genera amenazas persistentes para la salud humana, por lo que considera imprescindible mantener una vigilancia continuada de la calidad del aire y del agua, así como desplegar medidas específicas de salud pública para proteger a la población expuesta.
FUENTE: Gaceta Médica


