La enfermedad cardiovascular sigue cobrándose decenas de miles de vidas en España mientras la prevención continúa siendo una de las grandes asignaturas pendientes de nuestro sistema sanitario. La labor de la Sociedad Española de Cardiología y de la Fundación Española del Corazón demuestra que el conocimiento científico, la educación sanitaria y la implicación de los pacientes son indispensables. Pero hace falta algo más: convertir la prevención en una prioridad real y permanente.
Hay enfermedades que aparecen de repente, pero que llevan años gestándose en silencio. El infarto de miocardio, el ictus o determinadas formas de insuficiencia cardiaca son, en muchos casos, la consecuencia de factores de riesgo que podrían haberse detectado, controlado o tratado mucho antes. Sin embargo, seguimos prestando más atención al corazón cuando enferma que cuando todavía estamos a tiempo de protegerlo.
El Día Mundial del Corazón, que se celebra cada 29 de septiembre, debería servir para algo más que recordar la importancia de una alimentación equilibrada, el ejercicio físico o el abandono del tabaco. Debería obligarnos a reflexionar sobre nuestras prioridades sanitarias, la importancia de la detección precoz y la necesidad de garantizar que cualquier ciudadano, independientemente de dónde viva o de sus circunstancias económicas, tenga acceso a una prevención cardiovascular efectiva.
Los datos no admiten indiferencia. Según el Instituto Nacional de Estadística, las enfermedades del sistema circulatorio fueron responsables del 25,7 % de todas las defunciones registradas en España durante 2025, de acuerdo con los datos provisionales publicados el 30 de junio de 2026. Representan la segunda gran causa de mortalidad, por detrás de los tumores, con aproximadamente 113.000 fallecimientos. Solo las enfermedades isquémicas del corazón provocaron 26.711 muertes y las enfermedades cerebrovasculares, otras 22.341.
No hablamos de estadísticas lejanas, sino de personas, familias y proyectos de vida interrumpidos. Tampoco de un problema exclusivamente asociado a la edad avanzada. El riesgo cardiovascular puede comenzar a desarrollarse décadas antes de que aparezcan los primeros síntomas y está condicionado tanto por nuestros hábitos como por factores biológicos, ambientales y sociales.
La Federación Mundial del Corazón estima que las enfermedades cardiovasculares ocasionan más de 20,5 millones de fallecimientos anuales en el planeta y señala que una gran proporción de ellas podría prevenirse mediante el control de los factores de riesgo y otras medidas sanitarias.
Son cifras que deberían situar la salud cardiovascular en el centro de cualquier estrategia seria de salud pública.
En este contexto, resulta especialmente importante reivindicar el trabajo que desarrollan la Sociedad Española de Cardiología y la Fundación Española del Corazón. La primera impulsa la investigación, la formación de los profesionales y la calidad asistencial, mientras que la segunda acerca el conocimiento médico a la ciudadanía mediante la educación sanitaria y la promoción de hábitos saludables. Ambas desempeñan funciones complementarias que resultan esenciales para avanzar hacia una sociedad con mejor salud cardiovascular.
La SEC ha consolidado iniciativas destinadas a mejorar la atención de los pacientes cardiovasculares, promover la actualización científica y reducir la variabilidad de la práctica clínica. Entre ellas se encuentra SEC-CALIDAD, orientada a mejorar los procesos asistenciales, los procedimientos clínicos y la organización de los recursos sanitarios.
Su trabajo recuerda que la excelencia médica no consiste únicamente en disponer de tecnología avanzada, sino también en garantizar que esa tecnología, el conocimiento y los tratamientos adecuados lleguen al paciente que los necesita.
Por su parte, la Fundación Española del Corazón ha contribuido a que la prevención salga de las consultas y los hospitales y llegue a otros ámbitos de la vida cotidiana. Sus actividades divulgativas y sus programas de promoción de la salud cardiovascular, como el Programa de Empresas Cardiosaludables, ponen el acento en la alimentación, el ejercicio físico, el tabaquismo, los factores de riesgo y la importancia de los entornos laborales saludables.
No obstante, ni las sociedades científicas ni las fundaciones pueden asumir por sí solas una responsabilidad que corresponde al conjunto del sistema sanitario y de la sociedad.
Prevenir exige invertir en atención primaria, facilitar el diagnóstico de la hipertensión arterial, controlar adecuadamente el colesterol y la diabetes, promover el abandono del tabaco y garantizar la continuidad asistencial de quienes ya han sufrido un episodio cardiovascular. También significa impulsar la rehabilitación cardiaca, mejorar la educación del paciente y combatir las desigualdades que dificultan el acceso a una vida saludable.
No basta con recomendar una buena alimentación cuando existen familias que tienen dificultades económicas para acceder a alimentos saludables. Tampoco sirve aconsejar actividad física sin tener en cuenta las condiciones laborales, los entornos urbanos o las limitaciones de determinadas personas. La responsabilidad individual es importante, pero una estrategia de prevención que ignore las condiciones sociales y económicas estará siempre incompleta.
Igualmente, es necesario prestar mayor atención a la salud cardiovascular de las mujeres. Los síntomas, la percepción del riesgo y determinadas manifestaciones clínicas no siempre son iguales en ambos sexos. La demora en reconocer los signos de alerta o la persistencia de la falsa percepción de que las enfermedades cardiovasculares afectan principalmente a los hombres puede tener consecuencias graves.
La enfermedad cardiovascular tampoco termina cuando el paciente abandona el hospital. Quien ha sufrido un infarto, un ictus o vive con insuficiencia cardiaca necesita seguimiento, tratamiento, apoyo profesional y, en muchos casos, un proceso de rehabilitación que facilite su recuperación y mejore su calidad de vida. La prevención secundaria es tan importante como evitar que aparezca el primer episodio.
Precisamente por ello, la labor de los profesionales sanitarios, desde los médicos de familia hasta los cardiólogos, enfermeras, profesionales de rehabilitación y demás especialistas implicados, debe formar parte de una estrategia coordinada. Detectar precozmente un factor de riesgo, lograr que un paciente mantenga correctamente su tratamiento o identificar a tiempo los signos de una descompensación también significa salvar vidas.
La investigación y los avances terapéuticos han transformado el pronóstico de muchas enfermedades cardiovasculares. Pero los progresos de la medicina no pueden hacernos olvidar que la prevención sigue siendo uno de los recursos más importantes de los que disponemos.
El Día Mundial del Corazón de 2026 se desarrolla bajo la campaña internacional Don’t Miss a Beat, que llama a reconocer los síntomas, proteger la salud cardiovascular y reclamar medidas que permitan mejorar la prevención y la atención.
El mensaje es especialmente pertinente: reconocer las señales de alarma puede marcar la diferencia, pero no deberíamos esperar a que aparezcan para empezar a cuidar nuestra salud.
España dispone de profesionales altamente cualificados, sociedades científicas comprometidas y un sistema sanitario con una importante capacidad asistencial. Aprovechar estos recursos exige reforzar la prevención y convertirla en una política sostenida, con objetivos medibles, financiación y continuidad.
También requiere reconocer el papel de los pacientes y sus asociaciones, escuchar sus necesidades y facilitar su participación en las decisiones que afectan a su salud. Porque detrás de cada diagnóstico existe una persona que necesita información comprensible, atención continuada y recursos para afrontar su enfermedad.
Celebrar el Día Mundial del Corazón sin avanzar en estos compromisos sería conformarse con una fotografía, una campaña institucional y una declaración de buenas intenciones.
El verdadero homenaje a esta jornada debe traducirse en menos infartos evitables, menos ictus, diagnósticos más tempranos, tratamientos accesibles y una ciudadanía que conozca sus factores de riesgo y tenga herramientas reales para controlarlos.
La prevención cardiovascular no puede seguir siendo una promesa que renovamos cada 29 de septiembre. Debe convertirse en una prioridad durante los otros 364 días del año.
Porque llegar a tiempo al hospital puede salvar una vida. Pero evitar que esa persona tenga que llegar al hospital es una victoria todavía mayor.


