Ictus: detectar a tiempo para ganar cerebro, vida y autonomía

El ictus continúa siendo uno de los grandes desafíos sanitarios del siglo XXI. Su enorme impacto no se explica únicamente por la mortalidad que provoca, sino también por las secuelas físicas, cognitivas, emocionales y sociales que puede dejar en quienes sobreviven. Sin embargo, la atención al ictus ha experimentado una transformación profunda durante las últimas décadas. La aparición de tratamientos capaces de restablecer el flujo sanguíneo cerebral, la creación de unidades especializadas y, especialmente, la implantación de sistemas organizativos como el Código Ictus han convertido una enfermedad que durante años se consideró poco tratable en una auténtica emergencia médica en la que cada minuto puede modificar el pronóstico.

Los datos internacionales permiten dimensionar el problema. Según indica la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2021 se produjeron unos 11,9 millones de nuevos ictus en el mundo y aproximadamente 93,8 millones de personas convivían con las consecuencias de haber sufrido uno. El organismo señala además que el ictus fue ese año la tercera causa mundial de muerte y discapacidad combinadas y que el riesgo de sufrirlo a lo largo de la vida ha aumentado alrededor de un 50% durante las últimas dos décadas: actualmente se estima que uno de cada cuatro adultos puede padecer un ictus a lo largo de su vida.

La magnitud del problema ha llevado incluso a la Asamblea Mundial de la Salud a aprobar en mayo de 2026 su primera resolución específicamente dedicada al ictus, destinada a reforzar la prevención, la atención aguda, la rehabilitación y la preparación de los sistemas sanitarios. Según recuerda la OMS, la creciente longevidad de la población y la elevada prevalencia de factores de riesgo hacen prever que el impacto de la enfermedad seguirá aumentando si no se intensifican las medidas preventivas y asistenciales.

La World Stroke Organization (WSO) sitúa también el ictus entre las principales causas mundiales de muerte y discapacidad. Según señala esta organización, más de 12 millones de personas sufren anualmente su primer ictus y el riesgo no afecta exclusivamente a las personas de edad avanzada: más del 60% de los episodios se producen en personas menores de 70 años y alrededor del 16% en menores de 50. La WSO advierte asimismo de que el crecimiento de la enfermedad está siendo especialmente rápido en países de ingresos bajos y medios, donde existen mayores dificultades para acceder a programas de prevención, tratamientos especializados y rehabilitación.

España: más de 100.000 nuevos casos al año

En España, el ictus continúa teniendo un enorme peso sanitario. Según datos divulgados por la Sociedad Española de Neurología (SEN), cada año se producen entre 110.000 y 120.000 nuevos casos. Más de una cuarta parte de las personas afectadas fallecen y alrededor de dos de cada tres supervivientes presentan algún tipo de secuela, en ocasiones discapacitante. La SEN recuerda también que aproximadamente entre un 15% y un 20% de los pacientes tienen menos de 50 años, por lo que considerar el ictus exclusivamente como una enfermedad de personas mayores puede retrasar su reconocimiento en pacientes más jóvenes.

El Ministerio de Sanidad actualizó en 2024 la Estrategia en Ictus del Sistema Nacional de Salud para incorporar nuevas evidencias científicas y avanzar hacia una atención homogénea desde la prevención y el tratamiento agudo hasta la rehabilitación y el seguimiento posterior. Según destaca el Ministerio, alrededor del 90% de los ictus podrían prevenirse actuando adecuadamente sobre los factores de riesgo modificables.

Entre ellos ocupa una posición especialmente importante la hipertensión arterial. A ella se suman el tabaquismo, la diabetes, el colesterol elevado, la obesidad, el sedentarismo, determinadas enfermedades cardiacas —especialmente la fibrilación auricular—, el consumo perjudicial de alcohol y una alimentación poco saludable. La OMS incorpora además factores como la contaminación atmosférica, la enfermedad renal o una dieta excesivamente rica en sodio entre los principales determinantes modificables de la carga mundial del ictus.

Reconocer los síntomas: la primera intervención comienza fuera del hospital

Un ictus aparece cuando se interrumpe bruscamente el aporte sanguíneo a una parte del cerebro. Puede producirse porque un coágulo obstruye una arteria —ictus isquémico, que representa la mayoría de los casos— o porque un vaso sanguíneo se rompe y provoca una hemorragia cerebral —ictus hemorrágico—.

En cualquiera de las dos situaciones se trata de una emergencia. Las neuronas necesitan un suministro constante de oxígeno y glucosa y la interrupción de ese flujo puede producir rápidamente lesiones irreversibles. De ahí una de las expresiones más repetidas en neurología vascular: “tiempo es cerebro”.

La detección precoz comienza, por tanto, en el propio domicilio, en la calle o en el lugar de trabajo. Una pérdida repentina de fuerza o sensibilidad en la cara, brazo o pierna, especialmente en un lado del cuerpo; la desviación de la boca; la dificultad brusca para hablar o comprender; una pérdida súbita de visión; problemas repentinos de equilibrio o coordinación, o una cefalea extremadamente intensa y de aparición inesperada pueden ser señales de alarma.

Ante uno solo de estos síntomas no debe esperarse a comprobar si desaparece. La propia Sociedad Española de Neurología insiste en la necesidad de llamar inmediatamente al 112 ante la sospecha de ictus. Incluso si los síntomas remiten después de pocos minutos pueden corresponder a un ataque isquémico transitorio y requerir una valoración médica urgente por el elevado riesgo de sufrir posteriormente un ictus establecido.

Código Ictus: convertir minutos en oportunidades de tratamiento

En este escenario cobra especial importancia el Código Ictus, un procedimiento coordinado que permite identificar rápidamente a un paciente con sospecha de enfermedad cerebrovascular aguda y movilizar los recursos necesarios antes incluso de que llegue al hospital.

No se trata simplemente de trasladar rápidamente al paciente. El objetivo es establecer una cadena asistencial coordinada entre emergencias extrahospitalarias, servicios de urgencias, neurología, radiología, neurorradiología intervencionista, cuidados intensivos y unidades de ictus. Cuando el hospital recibe previamente el aviso, los equipos pueden prepararse para que la valoración clínica y las pruebas de neuroimagen se realicen inmediatamente.

La experiencia de las comunidades autónomas demuestra hasta qué punto esta organización forma parte ya de la respuesta asistencial al ictus. En Asturias, por ejemplo, la actualización del modelo asistencial incorporó una Coordinación Asistencial de Ictus para centralizar y agilizar las decisiones durante la fase aguda. Según información publicada por Opinando sin anestesia, el SAMU asturiano activó el Código Ictus en 707 ocasiones durante 2024, dentro de una estrategia que también contempla fomentar la neurorrehabilitación precoz y mejorar la coordinación sociosanitaria.

Una tomografía computarizada (TC) o, en determinados casos, una resonancia magnética permite determinar si existe una hemorragia o una obstrucción arterial. Otras técnicas, como la angio-TC, la angiorresonancia o los estudios de perfusión, ayudan además a identificar el vaso afectado y a establecer cuánto tejido cerebral está ya lesionado y cuánto podría todavía recuperarse si se restablece rápidamente la circulación.

Por eso el Código Ictus es mucho más que un protocolo administrativo: permite ganar tiempo terapéutico. Cuanto antes pueda recanalizarse una arteria cerebral o controlarse una hemorragia, mayores son las posibilidades de supervivencia y de mantener la independencia funcional.

De la trombólisis a la trombectomía: una revolución terapéutica

El gran cambio en el tratamiento del ictus isquémico comenzó con la trombólisis intravenosa, destinada a disolver el coágulo responsable de la obstrucción. Durante años, la alteplasa ha sido el principal fármaco utilizado. En pacientes adecuadamente seleccionados, el tratamiento debe administrarse lo antes posible y habitualmente dentro de las primeras 4,5 horas desde el inicio conocido de los síntomas.

Las posibilidades terapéuticas, sin embargo, continúan evolucionando. Las nuevas recomendaciones publicadas en 2026 por la American Heart Association/American Stroke Association (AHA/ASA) respaldan tanto alteplasa como tenecteplasa durante esa ventana inicial de 4,5 horas en pacientes candidatos a trombólisis. Además, en determinados enfermos seleccionados mediante técnicas avanzadas de neuroimagen, el tratamiento trombolítico puede considerarse incluso cuando se desconoce la hora exacta de inicio —por ejemplo, en algunos ictus detectados al despertar— o en determinadas situaciones más allá de esa ventana inicial.

Otro de los grandes avances ha sido la trombectomía mecánica, un procedimiento endovascular mediante el cual un especialista accede a la circulación cerebral a través de un catéter y extrae el trombo que está bloqueando una arteria de gran calibre. Su implantación ha cambiado radicalmente el pronóstico de determinados ictus graves.

En España, este crecimiento ha sido especialmente significativo. Según una información publicada por Opinando sin anestesia a partir de datos del Grupo Español de Neurorradiología Intervencionista (GeNI), la Sociedad Española de Radiología Médica (SERAM) y la Fundación Freno al Ictus, el número de tratamientos endovasculares por ictus isquémico pasó de unos 2.000 a más de 9.000 entre 2015 y 2024. Estas entidades han advertido, no obstante, de la necesidad de disponer de más neurorradiólogos intervencionistas y de reducir las desigualdades territoriales en el acceso a estas técnicas.

Las evidencias más recientes están permitiendo además ampliar progresivamente el número de pacientes que pueden beneficiarse del tratamiento endovascular. La selección ya no depende exclusivamente del número de horas transcurridas, sino también de lo que muestran las técnicas de imagen sobre la existencia de tejido cerebral potencialmente recuperable.

La European Stroke Organisation (ESO) también ha actualizado durante los últimos años sus recomendaciones sobre trombólisis, tenecteplasa, trombectomía y manejo de oclusiones de la arteria basilar, reflejando una tendencia clara de la neurología vascular moderna: no basta únicamente con mirar el reloj, sino que cada vez cobra mayor importancia determinar qué cerebro sigue siendo potencialmente salvable.

Unidades de ictus y rehabilitación: el tratamiento no termina al abrir la arteria

La tecnología, por sí sola, no resuelve el problema. La OMS destaca que el ingreso en una unidad especializada de ictus, con equipos multidisciplinares y acceso temprano a rehabilitación, mejora los resultados y reduce la mortalidad y las complicaciones.

Tras superar la fase aguda comienza otra parte fundamental del tratamiento. Fisioterapia, terapia ocupacional, logopedia, neuropsicología, rehabilitación cognitiva, apoyo emocional y prevención de nuevos episodios pueden resultar decisivos para recuperar autonomía.

Esta importancia de la recuperación a largo plazo también ha sido abordada en Diálogos de Opinando. En una entrevista publicada por Opinando sin anestesia el 23 de febrero de 2025, Myrta O’Valle, directora del Instituto de Rehabilitación Neurológica Irenea del Hospital Vithas Sevilla, advertía de que los pacientes que han sufrido un ictus presentan un riesgo elevado de padecer otro y defendía un abordaje integral que combine prevención secundaria y rehabilitación intensiva. La especialista subrayaba que “la neurorrehabilitación es esencial para ayudar a los pacientes a recuperar sus habilidades y mejorar su calidad de vida después de un ictus”.

En ese mismo Diálogo de Opinando, O’Valle apuntaba también hacia un futuro en el que los avances científicos y tecnológicos permitan personalizar cada vez más la recuperación. La especialista hacía referencia al papel de la inteligencia artificial, la estimulación cerebral no invasiva, los sistemas robóticos y la neuroimagen avanzada en la evolución de la neurorrehabilitación y señalaba que las mejoras en los tratamientos, la detección temprana y la medicina personalizada están ayudando a que los pacientes puedan vivir con mayor autonomía.

Esa evolución tecnológica ya comienza a reflejarse en la práctica clínica. En octubre de 2025, Opinando sin anestesiarecogía, por ejemplo, la incorporación en el Hospital Universitario La Luz de una técnica no invasiva de neuromodulación dirigida a favorecer la recuperación del lenguaje y la movilidad después de un ictus.

Además, identificar la causa del ictus es fundamental para evitar recurrencias. Esto puede implicar estudiar las arterias cervicales e intracraneales, controlar de forma prolongada el ritmo cardiaco para detectar una fibrilación auricular, realizar estudios cardiológicos o investigar trastornos menos habituales en determinados pacientes.

Prevenir el segundo ictus

La prevención no termina cuando el paciente sale del hospital. Haber sufrido un ictus o un ataque isquémico transitorio incrementa el riesgo de experimentar nuevos episodios, por lo que resulta imprescindible determinar el mecanismo que los ha provocado y actuar sobre él.

El tratamiento puede incluir, según la causa, fármacos antiagregantes, anticoagulantes, medicamentos para controlar la presión arterial o reducir los niveles de colesterol y, en determinados pacientes, procedimientos sobre las arterias carótidas u otras intervenciones específicas.

A ello debe sumarse el control de los factores de riesgo cardiovascular: abandonar el tabaco, mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física adaptada a las posibilidades del paciente, controlar el peso, vigilar la presión arterial y la diabetes y seguir correctamente el tratamiento prescrito.

Esta prevención secundaria resulta especialmente importante porque el objetivo de la medicina del ictus no debe limitarse a conseguir que el paciente sobreviva al primer episodio, sino también evitar que vuelva a producirse.

El futuro: tratar mejor, pero sobre todo llegar antes

La medicina del ictus avanza hacia tratamientos cada vez más personalizados, ventanas terapéuticas más amplias gracias a la selección por neuroimagen, nuevos dispositivos endovasculares y sistemas asistenciales capaces de reducir todavía más los tiempos.

Uno de los ámbitos que está despertando creciente interés es el desarrollo de las unidades móviles de ictus, ambulancias especialmente equipadas que pueden incorporar técnicas de neuroimagen y personal especializado. Su objetivo es adelantar el diagnóstico y, en determinados modelos asistenciales, iniciar tratamientos antes incluso de llegar al hospital.

También están avanzando la inteligencia artificial aplicada a la interpretación rápida de las imágenes cerebrales, los sistemas de teleictus para acercar especialistas a hospitales sin neurólogos presenciales, las técnicas de neuromodulación, la robótica aplicada a la rehabilitación y nuevas formas de monitorizar a los pacientes para detectar complicaciones o recurrencias.

Sin embargo, la innovación más sofisticada pierde buena parte de su utilidad si el paciente llega tarde. Esa continúa siendo una de las grandes paradojas del ictus: existen tratamientos capaces de cambiar de manera espectacular el pronóstico, pero su eficacia depende en gran medida del tiempo.

La batalla contra esta enfermedad se libra, por tanto, en varios frentes simultáneos: prevenir controlando los factores de riesgo, enseñar a la población a reconocer los síntomas, llamar inmediatamente al 112, activar rápidamente el Código Ictus, garantizar el acceso a unidades especializadas y ofrecer las técnicas de reperfusión adecuadas al paciente que puede beneficiarse de ellas.

En pocas enfermedades resulta tan literal la relación entre tiempo y salud. Reconocer un ictus unos minutos antes, activar correctamente el sistema sanitario y llegar al centro adecuado puede marcar la diferencia entre una recuperación favorable y una discapacidad permanente. Pero la atención no termina una vez superada la fase aguda. Como señaló la doctora Myrta O’Valle, directora del Instituto de Rehabilitación Neurológica Irenea del Hospital Vithas Sevilla, en una entrevista publicada en en este mismo portal el 23 de febrero de 2025, la neurorrehabilitación desempeña un papel esencial para ayudar a los pacientes a recuperar capacidades y mejorar su calidad de vida después de un ictus. La especialista defendía además un abordaje que combine rehabilitación intensiva, prevención secundaria y seguimiento individualizado para favorecer la mayor autonomía posible del paciente.

El reto, por tanto, no es solo tratar mejor el ictus, sino conseguir que cada paciente llegue antes al diagnóstico, acceda al tratamiento adecuado y disponga después de los recursos necesarios para recuperar el máximo grado posible de autonomía. Prevención, rapidez asistencial y rehabilitación forman parte de una misma estrategia frente a una enfermedad en la que cada minuto cuenta.

José Angel Jarne
José Angel Jarne
Miembro de ANISALUD (La Asociación Nacional de Informadores de la Salud), José Ángel Jarne ha sido el responsable de varios gabinetes de prensa del sector de periodismo sanitario (de una asociación de pacientes y director de comunicación de una fundación de investigación de células madre). Durante los últimos años se ha dedicado a la gestión de gabinetes de prensa y la organización de eventos en el ámbito privado. Es el director del portal.

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