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Gabo y Macondo, siete años después

Fotografía: @elcultural

Hoy se cumple el séptimo aniversario de la muerte de Gabo. Hoy se cumplen siete años de la desaparición de Gabriel García Márquez. El Premio Nobel está considerado uno de los más grandes escritores de toda la Historia de la Literatura universal. Gabo tuvo un don especial para para convertir el famoso realismo mágico en el mejor atajo a nuevas realidades, como bien ha señalado Alberto Piernas.

Gabo vio la luz de las estrellas por primera vez un 6 de marzo de 1927 en Aracataca, un lejano pueblo de la región de Magdalena, en el Caribe colombiano.

Era conocido como el “hijo del telegrafista” y desde niño  se crió con su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, un veterano de la Guerra de los Mil Días. No estaban solos. Con ellos, su abuela, Tranquilina Iguarán, una exclusiva Scherezade con problemas de ceguera cuyos cuentos marcarían la visión cósmica de su nieto.

A pesar de que en 1947 comenzó a estudiar Derecho en Bogotá para condescender ante su padre, el destino de Gabo estaba unido a la literatura: clubes intelectuales, trabajos como reportero y un primer cuento enviado al diario El Espectador. Así le demostraría a su editor jefe que la suya no era una generación de escritores perdidos y mediocres.

Tal fue el éxito que en 1955 se publicaba “La hojarasca, novela corta que ya mencionaba cierto pueblo llamado Macondo desligado del resto del mundo.

Durante dieciocho meses, entre 1965 y 1966, García Márquez escribió “Cien años de soledad” en un apartamento de Ciudad de México.

Fotografía: @el_pais

Preso de una inspiración tan desbordante como caprichosa, algunas noches lloraba desconsolado mientras su esposa, Mercedes Barcha, gran aliada y compañera, subía a la segunda planta para empujarlo a condensar quince años de creación en una sola obra. El proceso también contó con una red de amigos intelectuales que sugerían referencias y correcciones a modo de Telegram rústico. Era el plan definitivo para conectar el cordón umbilical de un continente con el mundo de los sueños.

Cuando la editorial Sudamericana, en Argentina, pidió a Gabo un primer borrador de seiscientas cuartillas de “Cien años de soledad”, su vida entraba en jaque al haber empeñado todas sus propiedades para escribir la novela. En menos de un mes se vendieron los 8.000 ejemplares impresos de la primera edición.

Para la crítica literaria, esta novela supuso ‘un espejo de América Latina’ a través del conocidísimo realismo mágico; esa corriente literaria que pasa por unir la realidad cotidiana con  la magia, y que alcanzó su esplendor con el boom latinoamericano de los 60. Gabo, en su discurso después de recoger el Nobel de Literatura en Estocolmo en 1982, dijo: ““la interpretación de nuestra realidad a través de esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios”.

La concesión del Premio Nobel al colombiano supuso el reconocimiento a esta revolución literaria a través de unas novelas que forman parte del inmaterial universal. Hablamos de obras como “Crónica de una muerte anunciada”, “El amor en los tiempos del cólera”, o “El coronel no tiene quien le escriba”.

Fotografía: @OkiDiario

Hoy, siete años después de su desaparición, el legado de Gabo queda más latente que nunca en nuestra memoria. Sus novelas resultan más vendidas por delante de cualquier otro libro en español, empezando por su novela “Cien años de soledad”, que llegó a ser traducida a más de 40 idiomas. Por esta razón, Gabo y su querida Macondo siguen más vivos que nunca. Aquí y allá. En una orilla y en la otra.

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