
Aún resuenan los últimos estertores del tan manoseado 8 de marzo cuando un periódico de tirada nacional publicaba un informe demoledor relacionado con la brecha de género y las enfermedades crónicas. Un documento demoledor, que no puede pasarnos desapercibido y que evidencia, de nuevo, que esta sociedad tiene parches que resolver y dar soluciones a problemas importantes. No es normal, ni tiene ningún sentido que el tiempo medio que transcurre desde que una enferma crónica tiene los primeros síntomas hasta el momento del diagnóstico sea de seis años, mientras que en los hombres es la mitad de tiempo. La Universidad Complutense de Madrid y la Plataforma de Organizaciones de Pacientes han llevado a cabo un estudio que no puede dejar a nadie indiferente, y que nos tiene que llevar a una profunda reflexión: esta mayor tardanza implica un evidente deterioro de la salud al no estar la paciente tratada, y cuando el tratamiento llega, la satisfacción y la eficacia es menor.
Dentro de las patologías crónicas se encuentran las enfermedades inflamatorias inmunomediadas (IMID) como la psoriasis, la artritis psoriásica, la artritis reumatoide, la enfermedad de Crohn y otras con menor prevalencia. Todas, enfermedades causadas por la alteración del sistema inmune. Partiendo de esto, nos encontramos con 1,5 mujeres con alguna IMID por cada un hombre. Las pacientes son más y se las diagnostica más tarde. Ello implica un mayor impacto negativo en su vida social, en el ámbito laboral y en su situación económica.
La variable sociodemográfica más discriminante en las enfermedades crónicas, según el citado estudio, elaborado a partir de encuestas a 2.656 enfermos, es el sexo seguido de la clase social y de la edad. Las razones que aporta el estudio para explicar la gran diferencia entre sexo es que “las mujeres se quejan menos de sus dolencias o estén pendientes de otras cuestiones por las que no atienden tanto su salud”. El mayor retraso en el diagnóstico se aprecia en las mujeres entre 30 y 59 años, cuando coincide “la concentración de actividades y responsabilidades laborales y familiares”.

Estos datos, y otros, nos tienen que llevar a otra reflexión más serena y más seria. Algunos –y algunas- se envuelven en el término «igualdad» de forma torticera y barata, abrazándose a teñir logotipos, rebosar twitter y facebook, inundar las calles un día, y otras variopintas acciones que no sirven absolutamente de nada, porque el día 9 de marzo ya nadie habla de las desigualdades entre hombres y mujeres, y tampoco habla de la brecha de género. Postureo de un día.
La igualdad se trabaja todos los días del año, y debe empezar por resolver este tipo de grietas. No es normal que se tarde 6 años en dar un diagnostico por el mero hecho de ser mujer. Cuando tanto se viene arriba algunas ministra intentando ejercer de la más y mejor defensora de las mujeres, sería oportuno que leyera esta noticia de prensa, este informe o charlará con la teniente Pintor, primera mujer en entrar en los GAR de la Guardia Civil, unidades de élite de la Benemérita. No consiste en vocear en el Congreso y en el Senado, ni tampoco salir a la calle solamente el 8 de marzo ¿y los 364 días restantes? La igualdad se trabaja 365 días al año con actitud pero no gritos, alborotos, ni aspavientos. La primera medida para resolver esta brecha sería que una enferma crónica tardara el mismo tiempo en ser diagnosticada que un hombre. Eso es igualdad. Lo demás, tonterías. Ganas de embarrar. A pesar de que algunas disfruten más en el barro que gestionando.


