El uso de pantallas disminuye las emociones positivas, mientras que el tipo de comida tiene un impacto menor del esperado.
La investigación utiliza mediciones biométricas para registrar la respuesta emocional segundo a segundo durante la ingesta.
Un estudio científico basado en tecnología biométrica revela que el contexto en el que comemos tiene un impacto directo en nuestro bienestar emocional. Más allá del tipo de alimento, factores cotidianos como el uso del móvil o la compañía durante las comidas influyen de forma significativa en cómo nos sentimos mientras comemos.
La investigación ha sido desarrollada y dirigida en el ámbito académico por la doctora Ana Reyes, experta en comportamiento del consumidor digital, inteligencia artificial y análisis biométrico, y catedrática en la Universidad Rey Juan Carlos. Su trabajo, que combina neurociencia, tecnología y emociones, se centra en comprender cómo las personas experimentan y toman decisiones en entornos cada vez más digitalizados.
El estudio, realizado en un entorno experimental controlado, analizó el comportamiento de que combinaban tres variables clave: uso de pantallas (con o sin móvil o televisión), contexto social (solo o acompañado) y tipo de comida (casera o procesada). A través de herramientas como el análisis de expresiones faciales y el seguimiento ocular, el equipo de investigación pudo medir en tiempo real cómo evolucionaban las emociones durante cada episodio de ingesta.
Los resultados muestran de forma clara que el uso de pantallas durante las comidas reduce el disfrute. Las personas que comen con móvil o televisión presentan niveles más bajos de emociones positivas, lo que sugiere que la atención dividida y la distracción digital afectan a la calidad de la experiencia. Sin embargo, su impacto en variables como el estrés o la frustración es más limitado y no siempre significativo.
En cuanto al contexto social, este es el factor más determinante. Comer acompañado se asocia con menores niveles de estrés, frustración y emociones negativas, así como con una experiencia emocional más positiva y equilibrada a lo largo del tiempo. Por el contrario, comer en solitario tiende a generar respuestas emocionales más negativas y menos estables.
En palabras de Ana Reyes-Menéndez, “las personas no solo comemos alimentos, sino experiencias emocionales; el contexto en el que ocurre la ingesta es clave para entender cómo nos sentimos y, por tanto, cómo recordamos ese momento”.
Uno de los hallazgos más relevantes es que el tipo de comida —casera frente a industrial— tiene un efecto mucho menor del esperado. A pesar de la creencia generalizada de que la calidad del alimento es el principal factor en la experiencia, los resultados indican que el contexto en el que se consume tiene un peso mucho mayor en términos emocionales.
El estudio introduce además una innovación metodológica clave: el análisis de las emociones como un proceso dinámico. En lugar de medir únicamente la percepción final del consumidor, la investigación observa cómo evolucionan variables como la valencia emocional (positiva y negativa), el estrés o la frustración a lo largo del tiempo, capturando cambios segundo a segundo durante la experiencia.
Este enfoque permite detectar patrones que normalmente pasan desapercibidos, como picos de estrés, descensos progresivos del disfrute o variaciones en la respuesta emocional en función del contexto. Para ello, se emplearon modelos estadísticos avanzados capaces de analizar trayectorias emocionales completas, en lugar de datos agregados.
Los resultados se alinean con investigaciones previas en neurociencia y comportamiento del consumidor, que señalan que las emociones no son estados estáticos, sino procesos que evolucionan en función del entorno y la interacción con los estímulos. En este sentido, el estudio refuerza la idea de que factores como la interacción social pueden actuar como reguladores emocionales, mejorando la experiencia y reduciendo el impacto de estados negativos.
Además de sus implicaciones en hábitos de vida y bienestar, la investigación tiene relevancia directa en el ámbito del marketing y el diseño de experiencias de consumo. Según Ana Reyes-Menéndez, “el futuro pasa por entender cómo se sienten realmente las personas en cada momento, no solo lo que dicen. La biometría nos permite acceder a esa capa más profunda y tomar mejores decisiones”.
En un contexto en el que la salud mental se ha convertido en una prioridad global, estos hallazgos apuntan a una conclusión clara: pequeños cambios en la forma en que organizamos nuestras comidas, como reducir el uso de pantallas o fomentar la compañía, pueden tener un impacto significativo en nuestro bienestar diario.


