• El abordaje protocolizado y multidisciplinar permite una detección precoz e instaurar estrategias terapéuticas individualizadas frente a las secuelas tras una sepsis.
• Una rehabilitación específica desde la UCI reduce alteraciones cognitivas y motoras en los pacientes, evitando secuelas graves a distintos niveles.
Madrid, 10 de septiembre de 2026. Como cada 13 de septiembre, este domingo se celebra el DÍA MUNDIAL DE LA SEPSIS, una fecha que recuerda la importancia de avanzar en el control y el tratamiento de un síndrome que provoca al año 11 millones de muertes en el planeta, con 50 millones de casos diagnosticados y una tasa de mortalidad mayor al 15% (que se incrementa a más del 40% en casos de shock séptico). En España, se estiman 250 casos de sepsis por 100.000 habitantes/año y es la causa de entre 15.000 y 20.000 muertes, superior a la de fallecimientos por infarto o los tipos de cáncer más habituales, así como 13 veces más que los ocurridos en accidentes de tráfico.
Los avances en el tratamiento y el diagnóstico de sepsis (evolución desfavorable de una infección) y shock séptico (más grave, al sumar el fracaso del organismo para mantener el flujo de sangre a los órganos vitales) han permitido a los médicos intensivistas de sistemas sanitarios desarrollados como el español controlar con más garantías la enfermedad. “Tenemos más y mejores herramientas para atender casos graves de sepsis y que los pacientes lo superen, pero el objetivo no es solo sobrevivir, sino que lo hagan de modo que recuperen su calidad de vida previa. Un camino que se debe comenzar en la propia Unidad de Cuidados Intensivos e incluso antes, con la detección del paciente con sepsis allí donde se encuentre (Código Sepsis) y el inicio precoz de su tratamiento”, explica el Dr. José Garnacho, presidente de la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias (SEMICYUC).
La sepsis produce cuadros de gravedad variable, llegando en los casos más graves a afectar a todo el cuerpo, lo que se denomina fracaso multiorgánico. Junto a la mortalidad creciente, una mayor gravedad implica un mayor riesgo de secuelas. “Debemos concebir la sepsis no solo como una potencial amenaza para la vida del enfermo, sino también como una entidad capaz de limitar de manera muy importante su calidad de vida posterior. Al afectar a múltiples órganos, puede igualmente generar secuelas a distintos niveles. Los pacientes que sobreviven a los cuadros de mayor gravedad pueden presentar alteraciones del aprendizaje y la memoria, problemas para caminar, para comer, debilidad muscular, fatiga…. Son problemas que, en general, mejoran con rehabilitación específica, de ahí la importancia de que esta empiece ya desde la UCI”, indica el Dr. Borja Suberviola, médico intensivista coordinador del Grupo de Trabajo de Enfermedades Infecciosas y Sepsis de la SEMICYUC.
MEJORAR LA SUPERVIVENCIA. La mortalidad de la sepsis es consecuencia de una suma de factores: las características del paciente, las del microorganismo que provoca la infección, el estado de gravedad que presenta antes de ser atendido y la adecuación y precocidad del tratamiento que se reciba. “Se trata de una patología tiempo-dependiente, es decir, el retraso en su atención se asocia a un peor pronóstico y una mayor mortalidad, como en el caso del infarto de miocardio o el ictus”, prosigue el Dr. Suberviola. A este respecto, un abordaje protocolizado y multidisciplinar a través del Código Sepsis ha permitido una detección más precoz y un tratamiento más adecuado, lo cual se ha visto reflejado en una significativa mejoría de la supervivencia de los pacientes. No se trata solo de sobrevivir a la sepsis, sino de superarla de modo que pueda continuar su vida anterior.
Aunque cualquier paciente aquejado de una sepsis puede sufrirlo en mayor o menor entidad, el riesgo de desarrollo del Síndrome Post Cuidados Intensivos es mayor en los pacientes con shock séptico, fracaso multiorgánico o estancias prolongadas en la UCI. Presentan secuelas físicas, cognitivas y/o psicológicas, siendo las más frecuentes la debilidad muscular adquirida en la UCI, la fatiga persistente, las dificultades para caminar o realizar actividades cotidianas, así como alteraciones de la memoria, el aprendizaje y la concentración. A ello se suman problemas emocionales como ansiedad, depresión o trastorno por estrés postraumático, que pueden afectar tanto al paciente como a su entorno familiar.
Como sucedía respecto a la supervivencia, identificar lo más rápidamente posible estas secuelas y tratarlas de manera conjunta entre diferentes especialistas es clave para garantizar la recuperación con estrategias terapéuticas individualizadas. Estas intervenciones deben contemplar programas de rehabilitación física y respiratoria, soporte nutricional, optimización del tratamiento de las enfermedades crónicas, revisión de la medicación, apoyo psicológico cuando sea necesario y una adecuada educación sanitaria tanto del paciente como de sus cuidadores.
“Los especialistas en Medicina Intensiva deben estar familiarizados en la identificación de los síntomas que componen el síndrome Post-UCI y actuar con celeridad en su tratamiento. Debemos tomar conciencia de la importancia del mismo y de la necesidad de trabajar conjuntamente con otros especialistas como fisioterapeutas, psicólogos, logopedas o trabajadores sociales. Como profesionales del paciente crítico, somos responsables no solo de salvar la vida del paciente sino de tratar de que la sepsis altere en la menor medida posible su calidad de vida y la de sus familiares”, explica el doctor Suberviola.
La coordinación entre atención hospitalaria, atención primaria y los distintos especialistas implicados resulta fundamental para garantizar la continuidad asistencial y adaptar las intervenciones a las necesidades de cada paciente. Este enfoque multidisciplinar, basado en la evaluación periódica y el tratamiento precoz de las secuelas, favorece una recuperación funcional más completa, reduce la discapacidad a largo plazo, disminuye el riesgo de complicaciones y reingresos, y contribuye de forma significativa a mejorar el pronóstico, la calidad de vida y la reintegración social de los supervivientes.
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