Como médico de Atención Primaria atiendo cada día a un número elevado de pacientes y, cuando llega esta época del año, hay una pregunta que se repite con frecuencia en la consulta: «¿Tengo gripe o COVID?».
No es una pregunta fácil de responder. Ambas enfermedades comparten muchos síntomas y, en ocasiones, resulta imposible diferenciarlas únicamente por cómo se encuentra el paciente. Sin embargo, conocer algunas de sus características y, sobre todo, saber cómo actuar ante los primeros síntomas es fundamental para cuidar nuestra salud y proteger a quienes nos rodean.
La gripe y la COVID-19 son infecciones respiratorias causadas por virus diferentes: la gripe está provocada por los virus influenza y la COVID-19 por el coronavirus SARS-CoV-2. Aunque pueden presentar una sintomatología muy similar, existen algunas diferencias.
La gripe suele tener un periodo de incubación más corto, de aproximadamente uno a cuatro días, y habitualmente comienza de forma más brusca, con fiebre alta repentina, malestar y dolores musculares intensos. En la COVID-19, los síntomas pueden aparecer de forma más variable y el periodo de incubación puede ser más prolongado.
La pérdida del gusto o del olfato ha sido un síntoma especialmente asociado a la COVID-19 y es mucho menos frecuente en la gripe, aunque puede aparecer también en determinadas infecciones gripales.
Pero hay algo que debemos tener claro: los síntomas, por sí solos, no permiten saber con certeza si tenemos gripe o COVID.
Fiebre o escalofríos, tos, cansancio, dolor de garganta, congestión nasal, dolor de cabeza y dolores musculares pueden aparecer en ambas infecciones. También pueden producirse vómitos o diarrea.
Por eso, cuando necesitamos confirmar qué infección tenemos, es necesario recurrir a una prueba diagnóstica. Actualmente disponemos, además, de test capaces de detectar simultáneamente ambos virus.
Cuando aparecen los primeros síntomas
La forma en la que actuamos cuando aparecen los primeros síntomas también es importante.
Si tenemos una infección respiratoria, debemos evitar el contacto con otras personas, especialmente con aquellas que presentan una mayor vulnerabilidad, como las personas mayores de 65 años, quienes padecen enfermedades crónicas, las personas inmunodeprimidas o las embarazadas.
Si necesitamos convivir con otras personas o acudir a un centro sanitario, el uso de mascarilla puede ayudar a reducir el riesgo de transmisión. También es importante mantener una correcta higiene de manos y ventilar las habitaciones varias veces al día.
Y hay algo que seguimos teniendo que recordar: los antibióticos no sirven para tratar una infección causada por un virus. Ni la gripe ni la COVID-19 están provocadas por bacterias, por lo que no debemos automedicarnos ni tomar antibióticos sin prescripción médica.
Para aliviar la fiebre y el malestar general puede utilizarse paracetamol respetando siempre las dosis recomendadas. Además, mantener una buena hidratación y descansar son medidas sencillas que ayudan durante la recuperación.
No todos los pacientes necesitan acudir al médico, pero algunos sí
Una infección respiratoria no siempre requiere una valoración médica presencial. Sin embargo, hay determinados síntomas que no debemos pasar por alto.
La dificultad para respirar, la sensación de falta de aire o el dolor o presión persistente en el pecho son signos de alarma que requieren atención médica. También debemos consultar si aparece una fiebre alta que no cede después de tres o cuatro días o que vuelve a aparecer después de una mejoría.
La incapacidad para mantener una adecuada hidratación, una boca muy seca o una orina escasa y oscura pueden indicar deshidratación y también requieren valoración.
Del mismo modo, debemos prestar atención a un empeoramiento repentino después de varios días de evolución, especialmente si aparece un aumento importante del cansancio, confusión o dificultad para despertarse.
En los grupos de riesgo es especialmente importante consultar de forma precoz. Las personas mayores de 65 años, las embarazadas, quienes tienen enfermedades crónicas —como diabetes, hipertensión o enfermedades cardíacas, pulmonares o renales— y las personas inmunodeprimidas pueden presentar un mayor riesgo de complicaciones.
En estos casos, una valoración profesional temprana puede ser especialmente importante, ya que existen tratamientos antivirales para la gripe y la COVID-19 que, cuando están indicados, pueden resultar más beneficiosos si se administran de forma precoz.
También debemos prestar especial atención a los niños. Una respiración acelerada, falta de apetito, coloración azulada en los labios o el rostro, o un comportamiento excesivamente adormilado o irritable son señales ante las que debemos buscar atención médica.
Prevenir antes que lamentar
Hay una última cuestión que no debemos olvidar cuando hablamos de gripe y COVID-19: la prevención.
La vacunación constituye una de las herramientas fundamentales para reducir el impacto de estas infecciones. La vacuna antigripal anual y las vacunas frente a la COVID-19 pueden prevenir complicaciones y salvar vidas, especialmente entre las personas más vulnerables.
Por eso, ante la llegada de la temporada de infecciones respiratorias, no deberíamos esperar a enfermar para pensar en la prevención.
No debemos subestimar los síntomas respiratorios.
Muchas infecciones evolucionarán de forma leve, pero tanto la gripe como la COVID-19 pueden complicarse. Actuar con prudencia ante los primeros síntomas, evitar contagiar a otras personas, utilizar mascarilla cuando corresponda, consultar ante los signos de alarma y mantener al día la vacunación son gestos de responsabilidad individual que también protegen a toda la comunidad.
Y, ante cualquier duda, tenemos un recurso fundamental al que acudir: nuestro médico o enfermero de familia.
Porque nuestra salud es lo primero, pero cuidar nuestra salud también significa cuidar la de quienes tenemos alrededor.


