En España, cerca del 29% de la población padece algún trastorno de salud mental, un escenario de creciente demanda que choca con un déficit estructural de recursos sanitarios y profesionales en el Sistema Nacional de Salud.
Especialmente preocupa el aumento de las consultas de la población joven, con prevalencia de la depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento, según datos de la Organización Mundial de la Salud.
Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (SEPSM) recuerda que en España tenemos aproximadamente 12 psiquiatras por 100.000 habitantes, mientras que la media europea es de 18-20.
Madrid, 8 de octubre de 2026. A las puertas del Día Mundial de la Salud Mental, que se celebra cada año el 10 de octubre, la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental (SEPSM) hace un llamamiento para reivindicar la necesidad de aumentar el número de psiquiatras en España en un contexto de incremento de la demanda, sobre todo, en población juvenil. Demanda que no ha ido acompañada de un aumento correlativo en los recursos humanos ni en las infraestructuras de la red pública.
En España tenemos aproximadamente 12 psiquiatras por 100.000 habitantes, mientras que la media europea es de 18-20; y un elevado porcentaje de psiquiatras con más de 60 años, por lo que se espera un gran número de jubilaciones en los próximos años. Para la presidenta de la SEPSM, Dra. Marina Díaz Marsá, “la demanda asistencial creciente no puede asumirse con los medios con los que contamos actualmente. Se requieren recursos humanos y materiales acordes con esta realidad”.
Actualmente, según la Organización Mundial de la Salud, más de mil millones de personas padecen algún tipo de trastorno mental, siendo una de las principales causas de carga de enfermedad y discapacidad a nivel global. En España, el 29% de la población padece algún trastorno mental, con especial prevalencia de los cuadros de ansiedad y depresión.
Especial preocupación por la salud mental de niños y adolescentes
También la depresión y la ansiedad, junto a los trastornos del comportamiento, son, según la OMS, las principales causas de enfermedad y discapacidad en los adolescentes, siendo estos especialmente vulnerables a la posibilidad de sufrir exclusión social, discriminación, estigmatización (lo que puede afectar a su predisposición a buscar ayuda), dificultades educativas y mala salud física, lo que a su vez puede llevarlos a incurrir en conductas de riesgo.
Según el último Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025, que realiza Fad Juventud cada dos años, más de la mitad de los jóvenes encuestados (54,7%) afirmaba haber tenido algún problema psicológico, psiquiátrico o de salud mental en el último año, una cifra inferior a la de 2021 y 2023, pero aún muy superior a la de 2017. El 42,8% había recibido algún diagnóstico profesional en algún momento de su vida, principalmente de ansiedad, pánico o fobias (17,9%) o depresión (15,7%).
El Barómetro también exponía la realidad de las autolesiones, con más de un tercio de los jóvenes (34,7%) que declaraba haberse autolesionado alguna vez y un 6,8% que lo hacía con frecuencia o de manera continua; además de poner sobre la mesa que la soledad no deseada es una de las principales fuentes de malestar emocional y que más del 87% de los encuestados aseguraba haberla sentido en el último año.
En cuanto a ideación suicida, el Barómetro constataba una reducción en la ideación suicida respecto a ediciones anteriores, con un 43% de jóvenes que afirmaba haber tenido pensamientos suicidas alguna vez frente al 48,9% de 2023, y un 7,6% los había experimentado con frecuencia.
En muertes consumadas, los datos provisionales de defunciones en 2025, según la causa de muerte, publicados por el Instituto Nacional de Estadística, confirman que entre 0 y 14 años se produjeron 18 muertes por suicidio (17 en 2024), mientras que entre 15 y 24 años fueron 216 (327 en 2025). En el cómputo general han sido tres años consecutivos de descenso, pero será importante confirmar si este comportamiento se mantiene en los próximos años. En cualquier caso, el suicidio sigue siendo un importante problema de salud pública y es fundamental continuar evaluando el impacto de las medidas de prevención.
Desafíos crecientes: el mal uso de las redes sociales y la banalización de las drogas
En todo este panorama está teniendo una influencia incontestable el uso intensivo de las redes sociales, porque amplifican necesidades muy propias de la adolescencia, así como la banalización de las drogas, especialmente del cannabis, que lleva a muchos adolescentes y adultos jóvenes a subestimar sus riesgos.
En lo que se refiere a las redes sociales, en un entorno que nunca se apaga, muchos adolescentes presentan más síntomas de ansiedad, depresión y estrés. El cerebro adolescente está especialmente orientado a la búsqueda de estatus y refuerzo social. Hoy día, en redes sociales, los jóvenes encuentran un flujo continuo de “me gusta”, comentarios y comparaciones que actúan como pequeñas recompensas frecuentes y difíciles de interrumpir. Al mismo tiempo, se exponen a las primeras experiencias de rechazo, ciberacoso o sensación de no estar a la altura, lo que puede activar sistemas de estrés y malestar emocional en jóvenes vulnerables.
Desde la perspectiva del desarrollo, la adolescencia es un periodo clave para construir identidad y aprender a regular las emociones. Las redes pueden ayudar a explorar intereses y conectar con iguales, pero también fomentan la comparación constante, la idealización del cuerpo y el miedo a quedarse fuera, con impacto especial en adolescentes que ya tienen problemas de ánimo o disregulación emocional. En estos jóvenes se observa, además, un uso más intenso y emocionalmente cargado de las plataformas, con cambios de humor muy ligados al feedback recibido y con más riesgo de que se consoliden mensajes internos del tipo “valgo menos que los demás” o “no encajo”, lo que se acompaña de retirada de la vida offline.
Además, ciertos mensajes relacionados con el ideal corporal pueden tener un impacto significativo y llegar incluso a favorecer la aparición de Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA).
Los estudios y metaanálisis disponibles muestran asociaciones consistentes, aunque de magnitud moderada, entre el uso problemático de las redes sociales y la presencia de depresión, ansiedad y estrés en adolescentes y adultos jóvenes. Asimismo, señalan vínculos con un mayor malestar psicológico general, así como con autolesiones y conductas suicidas en una parte de la población juvenil. No obstante, la dirección de estas relaciones aún no está completamente aclarada: los adolescentes con peor salud mental tienden a utilizar las redes sociales de forma diferente y con mayor intensidad, y, a su vez, este patrón de uso puede agravar su estado psicológico. Por ello, resultan fundamentales más estudios de alta calidad que permitan identificar qué perfiles presentan mayor riesgo, qué tipos de uso son más perjudiciales y qué intervenciones resultan más eficaces.
En esta línea, la SEPSM ha desarrollado en los últimos meses una intensa labor de concienciación con los partidos políticos, solicitando una regulación eficiente de las redes sociales que evite que su mal uso influya tan negativamente en el bienestar mental de la juventud española.
En cuanto a la banalización de las drogas, especialmente del cannabis, recuerda el vicepresidente de la SEPSM, el Dr. Josep Antoni Ramos Quiroga, que su consumo es especialmente peligroso cuando es muy frecuente o se inicia a edades tempranas, en una etapa crítica de maduración cerebral. “La evidencia científica indica que el consumo de cannabis durante la adolescencia se asocia a una mayor probabilidad de desarrollar depresión y conductas suicidas en etapas posteriores, así como a un peor rendimiento académico, mayor abandono escolar y dificultades significativas en el funcionamiento global”, asegura. Asimismo, numerosos estudios confirman un aumento del riesgo de psicosis y un inicio más precoz de los trastornos psicóticos en quienes consumen cannabis en la adolescencia, especialmente cuando el consumo es intenso y sostenido en el tiempo.
Además, hay que tener en cuenta que el cannabis disponible en la actualidad, particularmente en forma de productos de alta potencia, se asocia a un mayor riesgo de síntomas psicóticos, trastornos de ansiedad, depresión y desarrollo de trastorno por consumo de cannabis, en comparación con las variedades de menor potencia consumidas en décadas anteriores.
Los mensajes que presentan el cannabis como una sustancia “natural”, inocua o esencialmente terapéutica, sin una adecuada contextualización de sus riesgos, no responden a la realidad médica.
Futuro de esperanza
Aún con todos estos retos por delante, la psiquiatría española se encuentra en un momento de enorme transformación. Por una parte, existe una conciencia social mucho mayor sobre la importancia de la salud mental y sobre el impacto que tienen los trastornos mentales en la calidad de vida, en las familias y también en el conjunto de la sociedad, aunque ahora el reto es poner el foco en aprender a diferenciar el malestar psicológico de la vida cotidiana de los trastornos mentales que requieren una intervención sanitaria.
Y, por otra, estamos viviendo una etapa de extraordinario desarrollo científico, con avances muy importantes en neurociencia, psicofarmacología, psicoterapia, genética, tecnologías digitales e inteligencia artificial.
La salud mental forma parte indisoluble de la salud general. Fomentar una atención psiquiátrica de excelencia, basada en el rigor científico, la empatía y la suficiencia de recursos, es un deber colectivo en el que no podemos retroceder.


