El consumo de psicofármacos presenta un gradiente social: a menor nivel de renta, mayor consumo
Según los datos de la Base de Datos Clínicos de Atención Primaria (BDCAP) del Ministerio de Sanidad, el 34 % de la población española presenta algún tipo de problemática de salud mental. La ansiedad y la depresión se encuentran entre los problemas más frecuentes en Atención Primaria, donde alcanzan una prevalencia de hasta el 30 % y el 20 %, respectivamente. De esta forma y con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) hace un llamamiento hacia un uso racional de los fármacos en trastornos como la ansiedad y depresión.
En concreto, la semFYC defiende un abordaje que permita adecuar el uso de los psicofármacos a las necesidades de cada persona y reforzar en consulta las alternativas terapéuticas no farmacológicas cuando estén indicadas.
Consumo de psicofármacos
En comparación con varios países miembros de la OCDE, España ocupa una posición destacada en el consumo global de benzodiacepinas y antidepresivos y su prescripción se encuentra actualmente en aumento.
El contexto de precarización también se refleja en el consumo de psicofármacos, que presenta un claro gradiente social: a menor nivel de renta, mayor consumo. Para la semFYC, este patrón pone de manifiesto que las desigualdades sociales no solo condicionan el riesgo de sufrir problemas de salud mental, sino también la respuesta que se da a ese sufrimiento. “Al ignorar los gradientes sociales y no plantear soluciones basadas en la justicia social y la equidad, acabamos medicalizando problemas que tienen también un origen social”, señalan desde la semFYC.
Especialmente significativo es el incremento de los diagnósticos de depresión entre los jóvenes de 15 a 29 años, que aumentaron un 148 % desde 2014 y no han retrocedido tras la pandemia. En este grupo, además, el 59 % reconoce haber tenido problemas de salud mental. Los datos muestran también un incremento de los trastornos del sueño y de la alimentación, en un contexto en el que resulta necesario prestar atención a los cambios sociales y a los determinantes que están condicionando la salud mental de las nuevas generaciones.
Medicalización de la vida
Los especialistas de Medicina Familiar y Comunitaria ven con frecuencia en consulta a pacientes que manifiestan malestares emocionales o psicológicos que, en muchos casos, no responden a trastornos mentales graves que requieran abordaje farmacológico, sino a problemas cotidianos de la vida.
Manuales como el DSM-V y el CIE-11, aunque pueden ser útiles para la investigación o la solicitud de prestaciones, son herramientas descriptivas que “cuantifican síntomas, su duración y su gravedad con el fin de clasificar la situación que vive la persona entre una lista de trastornos y acaban generando soluciones de medicalización para malestares esperables en contextos de precariedad”.
De esta forma, la semFYC defiende “la necesidad de mirar más allá del síntoma para entender el malestar psíquico en su contexto social y apoya un abordaje biopsicosocial en salud mental, que evalúa también factores socioeconómicos, apoyo familiar, vivienda, empleo, etc., tal y como establece la Estrategia de Salud Mental del SNS”.
Desprescribir, pero no desatender
En estas circunstancias, la sociedad científica insiste en que es necesario buscar soluciones más allá de los fármacos y promover las acciones de deprescripción de psicofármacos y terapias no farmacológicas. Este tema será uno de los que se abordará en el próximo XLVI Congreso de la semFYC, que se celebrará del 5 al 7 de noviembre en Las Palmas de Gran Canaria.
La desprescripción requiere una valoración individualizada y un seguimiento clínico. Antes de retirar un psicofármaco es necesario reevaluar su indicación y el balance beneficio-riesgo actual, teniendo en cuenta la evolución de la persona, sus circunstancias y las alternativas terapéuticas disponibles. La decisión debe acordarse con el paciente y, cuando esté indicada la retirada, realizarse generalmente de forma gradual, con un ritmo adaptado a cada caso y anticipando los posibles síntomas de abstinencia. La comunicación y el acompañamiento profesional son especialmente importantes en personas con tratamientos prolongados, intentos previos de retirada, comorbilidad psiquiátrica o ausencia de apoyos sociales.
Frente a la respuesta exclusivamente farmacológica, la semFYC defiende ampliar las opciones terapéuticas disponibles desde Atención Primaria y adaptarlas a las necesidades de cada persona.
Entre ellas, se encuentran intervenciones psicológicas como la terapia cognitivo-conductual, la actividad física, las estrategias de resolución de problemas y los ejercicios de relajación, así como intervenciones comunitarias, grupos de apoyo y talleres de manejo del estrés. El objetivo no es sustituir sistemáticamente los medicamentos, sino evitar que sean la única respuesta ante situaciones en las que existen otras intervenciones eficaces y adecuadas.
FUENTE: El Médico Interactivo


