La sanidad que salva cuando todo falla

Las grandes catástrofes ponen a prueba al mismo tiempo la capacidad de reacción de los servicios de emergencia, la coordinación entre administraciones, la disponibilidad de ambulancias, bomberos y fuerzas de seguridad, la rapidez del rescate y, sobre todo, la fortaleza de la red sanitaria que debe recibir en muy poco tiempo a un número elevado de pacientes. Un accidente ferroviario con múltiples víctimas, un incendio, una inundación, un terremoto, un atentado o una emergencia química pueden generar escenarios muy distintos, pero todos comparten una misma exigencia: cuando ocurre la catástrofe ya no hay tiempo para construir la respuesta. Los profesionales, los hospitales, las ambulancias, las comunicaciones, los protocolos, los quirófanos y las UCI tienen que estar preparados antes.

Por eso, hablar de preparación frente a catástrofes es hablar también de financiación sanitaria, plantillas suficientes, infraestructuras, equipamiento, formación y coordinación. La Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES) lleva años insistiendo en esta dimensión y sitúa entre los ámbitos propios de estos profesionales la gestión de emergencias sanitarias, los incidentes con múltiples víctimas y las catástrofes. Según señala la sociedad científica, la preparación debe incluir entrenamiento específico y coordinación con otros servicios implicados. (semes.org)

Una catástrofe no permite improvisar

Cuando se produce un incidente con decenas o centenares de afectados hay que localizar y rescatar a las víctimas, evaluar su gravedad, realizar triaje, estabilizar a los pacientes más críticos y decidir a qué hospital debe trasladarse cada uno según sus lesiones y la capacidad disponible. No basta con disponer de ambulancias: hay que saber dónde enviarlas. Tampoco basta con tener hospitales si no se conoce cuántas camas, quirófanos, unidades de críticos y profesionales pueden movilizarse en cada momento.

SEMES ha reproducido este tipo de escenarios en diferentes simulacros con participación de servicios sanitarios, bomberos, Policía, Protección Civil y otros dispositivos. Según explica la propia sociedad, estos ejercicios permiten comprobar la coordinación entre los equipos, revisar procedimientos de triaje, organización del puesto de mando y movilización de recursos y detectar fallos antes de una emergencia real. (semes.org)

La formación específica es igualmente importante. SEMES organiza programas intensivos dedicados a grandes emergencias, trauma grave, rescates complejos e incidentes con múltiples víctimas. Según explicó Salvador Espinosa, secretario de Emergencias de SEMES, este tipo de ejercicios busca reproducir con el mayor realismo posible las situaciones a las que pueden enfrentarse los profesionales. (semes.org)

El hospital tiene que poder absorber el golpe

Una catástrofe no termina cuando una ambulancia abandona el lugar del siniestro. Entonces comienza otra fase esencial: los hospitales deben recibir de forma simultánea a pacientes que pueden necesitar cirugía urgente, cuidados intensivos, transfusiones, traumatología, neurocirugía, anestesia o pruebas diagnósticas complejas, todo ello sin dejar de atender al resto de pacientes que siguen llegando por infartos, ictus, accidentes o cualquier otra enfermedad.

Ahí cobra especial importancia la denominada surge capacity, es decir, la capacidad de un sistema para aumentar temporalmente sus recursos. Un hospital preparado necesita poder movilizar profesionales, abrir camas, reforzar Urgencias, reorganizar quirófanos, ampliar capacidad de críticos y garantizar medicamentos, sangre, material y suministros. Esta reserva asistencial no es un lujo: forma parte de la resiliencia sanitaria.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte de que un aumento repentino del número de pacientes puede superar rápidamente la capacidad habitual de los sistemas sanitarios si no existe planificación previa. La organización subraya también que las emergencias pueden afectar simultáneamente a las infraestructuras, las comunicaciones, el suministro eléctrico, los medicamentos y las cadenas logísticas. (who.int)

La importancia de trabajar como una red

Ningún hospital, por excelente que sea, debería afrontar solo una gran catástrofe. Lo decisivo es la red. Un paciente puede necesitar neurocirugía, otro cirugía vascular, otro una unidad de quemados y otro cuidados intensivos, por lo que la correcta distribución de los heridos entre distintos centros evita que uno se sature mientras otros mantienen capacidad disponible.

La red incluye hospitales grandes y pequeños, centros de salud, servicios de emergencias extrahospitalarias, centros coordinadores, transporte sanitario, salud mental y salud pública. Cada dispositivo cumple una función diferente y todos deben estar conectados. La OMS aplica este mismo principio a escala internacional a través de sus Emergency Medical Teams (EMT), equipos médicos que deben estar formados, equipados y ser autosuficientes para poder desplegarse tras terremotos, epidemias, conflictos u otras emergencias sin convertirse en una carga adicional para el sistema afectado. (who.int)

La experiencia internacional demuestra hasta qué punto estas capacidades pueden ser necesarias. Tras los terremotos de Turquía y Siria de 2023, la OMS coordinó el despliegue de 39 equipos médicos de emergencia acreditados procedentes de 22 países para apoyar a los centros afectados y atender a un elevado número de pacientes traumatizados. (who.int)

La medicina de catástrofes es una disciplina global

Otra referencia internacional es la World Association for Disaster and Emergency Medicine (WADEM), organización que reúne a profesionales de medicina, enfermería, gestión de emergencias, universidad, psicología, Fuerzas Armadas y otras disciplinas. Según explica la propia asociación, su objetivo es desarrollar conocimiento y buenas prácticas en asistencia prehospitalaria, medicina de emergencias, salud pública y respuesta ante desastres. (wadem.org)

También la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC) dispone de unidades de respuesta sanitaria capaces de desplegar clínicas, hospitales temporales y otros dispositivos cuando las infraestructuras locales han quedado destruidas o desbordadas. Según señala la Federación, una gran catástrofe puede generar problemas sanitarios no solo por las lesiones iniciales, sino también por la interrupción de tratamientos, la falta de medicamentos, el daño a los centros sanitarios y el aumento de enfermedades entre poblaciones desplazadas. (ifrc.org)

Sin financiación no hay capacidad de respuesta

Los planes, los protocolos y los simulacros son imprescindibles, pero no sustituyen a los recursos reales. Para responder a una catástrofe hacen falta vehículos, ambulancias, comunicaciones fiables, medicamentos, respiradores, material de triaje, quirófanos, camas de críticos, reservas de sangre y profesionales suficientes. Todo ello requiere inversión y mantenimiento permanente aunque durante largos periodos no se produzca ninguna gran emergencia.

Esta es una cuestión esencial: una ambulancia disponible puede parecer un coste cuando está parada, una cama de UCI puede parecer cara cuando está libre y mantener profesionales de refuerzo puede parecer poco eficiente cuando la actividad habitual puede cubrirse con menos personal. Sin embargo, esa capacidad de reserva es precisamente la que permite responder cuando la demanda se dispara en cuestión de minutos.

La preparación también exige simulacros regulares. SEMES lleva años desarrollando ejercicios en escenarios de múltiples víctimas, emergencias químicas, rescates complejos, trauma grave o grandes incendios. Estos entrenamientos permiten comprobar si funcionan las comunicaciones, cuánto tarda en instalarse un puesto médico avanzado, cómo se organiza el triaje, cuántas ambulancias pueden movilizarse o qué hospitales tienen capacidad para recibir pacientes. (semes.org)

La coordinación también salva

Disponer de muchos recursos no garantiza por sí solo una buena respuesta si esos recursos no trabajan coordinadamente. Una ambulancia enviada al lugar equivocado pierde tiempo, un hospital saturado mientras otro conserva capacidad supone una mala utilización del sistema y dos organismos actuando sin compartir información pueden duplicar esfuerzos o dejar necesidades sin atender.

Por eso SEMES insiste en la coordinación entre los servicios sanitarios, bomberos, fuerzas de seguridad y protección civil. La OMS plantea el mismo principio para sus equipos médicos internacionales y la IFRC integra también sus unidades sanitarias dentro de los dispositivos nacionales de respuesta. En todos los casos aparece la misma idea: coordinar bien puede ser tan importante como disponer de muchos medios.

Prepararse cuando no pasa nada

La verdadera preparación se realiza cuando aparentemente no ocurre nada: cuando se mantienen reservas, se revisan ambulancias, se prueban generadores, se actualizan comunicaciones, se forman profesionales, se renuevan equipos y se realizan simulacros. Todo ello puede parecer invisible durante años, pero esa es precisamente su función.

Un sistema sanitario resiliente no es solo aquel que funciona bien un día normal. Es aquel capaz de ampliar su capacidad sin romperse cuando llega una situación excepcional. Para conseguirlo necesita hospitales bien dotados, centros de salud operativos, servicios de Urgencias y Emergencias suficientemente dimensionados, profesionales entrenados y estructuras capaces de trabajar como una única red.

SEMES lleva años formando profesionales para escenarios de múltiples víctimas. La OMS ha establecido estándares internacionales para los equipos médicos desplegados en catástrofes. WADEM trabaja en la mejora de la medicina de desastres a partir de la evidencia científica y la Cruz Roja y la Media Luna Roja mantienen estructuras capaces de desplegar asistencia incluso allí donde la infraestructura sanitaria ha quedado destruida.

Todas estas organizaciones apuntan en la misma dirección: las emergencias empiezan mucho antes de que ocurra la catástrofe. Empiezan cuando se decide cuántos profesionales habrá, cuántas ambulancias estarán disponibles, qué capacidad tendrán los hospitales, qué reservas se mantendrán y cuánto se invertirá en preparación.

Una catástrofe puede ser imprevisible. La preparación no debería serlo. Porque cuando llegan los minutos en los que se decide quién necesita cirugía inmediata, quién debe ser evacuado y qué hospital puede recibirlo, ya es demasiado tarde para preguntarse si había suficientes profesionales, ambulancias o camas.

La red tiene que estar preparada de antemano. Porque cuando todo lo demás falla, la sanidad es una de las últimas estructuras que una sociedad puede permitirse que falle.

 

 

FOTOGRAFÍA DE CABECERA: El Debate

José Angel Jarne
José Angel Jarne
Miembro de ANISALUD (La Asociación Nacional de Informadores de la Salud), José Ángel Jarne ha sido el responsable de varios gabinetes de prensa del sector de periodismo sanitario (de una asociación de pacientes y director de comunicación de una fundación de investigación de células madre). Durante los últimos años se ha dedicado a la gestión de gabinetes de prensa y la organización de eventos en el ámbito privado. Es el director del portal.

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