El neurocientífico Rubén Baler ha puesto en marcha una experiencia piloto en la que son los propios adolescentes los que forman a sus iguales.
Los adolescentes, cuyo cerebro está en pleno desarrollo, son especialmente vulnerables a las adicciones, tanto a sustancias como comportamentales. El problema es que se encuentran en una fase vital de experimentación, búsqueda de identidad y disfrute de su libertad. Y, para complicar aún más las cosas, están en una etapa en la que se vuelven sordos a lo que dicen sus padres y profesores. Por eso, Rubén Baler, neurocientífico del Instituto Nacional de Abuso de Drogas (NIDA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, ha ideado un programa de prevención de adicciones que imparten los propios jóvenes a sus iguales.
El diagnóstico es grave, según el experto: “El asedio tecnológico, la comida basura y todo lo que se vende en las denominadas tiendas de conveniencia se está filtrando en los mecanismos más básicos del cerebro para producir problemas muy serios a los que no estamos respondiendo de forma apropiada“.
El tratamiento es difícil de aplicar, pero no imposible. Tiene que abarcar las múltiples esferas y, en especial, implicar a los propios adolescentes. Bauer expuso en el 28 Congreso de Patología Dual, celebrado en Valencia esta semana y organizado por la Sociedad Española de Patología Dual, las líneas maestras del programa piloto que puso en marcha en Argentina hace cinco años. En estrecha colaboración con la pediatra Diana Gómez, entrena a un grupo de jóvenes para que sean ellos los que formen a otros “a través de grupos de pares”. La idea es ir más allá de los mensajes simplistas que se centran en la maldad de las drogas y las conductas adictivas y explicar los mecanismos cerebrales que están detrás. Para ello, se imparten “cuatro lecciones o secretos que pensamos que todos los adolescentes deben conocer”.
“Me parece que, si vamos a empezar a lidiar con cada amenaza de forma específica, educando en lo que es la marihuana, la heroína o las redes sociales, no vamos a llegar nunca porque esas amenazas se multiplican de forma acelerada“. La idea es “respetar el intelecto” de los jóvenes, de tal manera que, por ejemplo, se les explica qué es el sistema endocannabinoide del cerebro y cómo está diseñado. Es decir, “cómo es la marihuana natural que hay en el cerebro y qué pasa cuando introducimos exocannabinoides, como el THC de la marihuana”.
Baler anima a los centros educativos que lo consideren oportuno a que pongan en marcha este programa educativo, cuyas herramientas básicas se encuentran en la página web cerebr.org. “La única esperanza que tenemos para inyectar un poco de resiliencia en esas cabecitas jóvenes es prepararlos para que tomen las riendas de su propio desarrollo y se sienten en el asiento del conductor, no del pasajero, en el coche que es su cerebro”, resalta.
Una de las cuestiones que más preocupa a Baler son los comportamientos relacionados con el uso y abuso de las redes sociales. En este ámbito, considera que la sociedad “está muy por delante de los científicos”, que “están entrenados para ser muy cautelosos, hacer estudios de muchos años y tal vez después de cinco o diez años tienen resultados para publicar”. Pero suele pasar que, llegado ese momento, la tecnología evaluada en esos ensayos ya está obsoleta.
En otras palabras: la gente de a pie ya es consciente de la existencia de una adicción a las redes sociales, pero la ciencia aún no está en condiciones de afirmarlo porque “no está validado categóricamente con los estudios clínicos que se requieren para definirlo como una adicción”. Sin embargo, considera que no hay tiempo que perder. “Si vamos a esperar a que se otorgue esa calificación, ya hemos perdido la partida”, afirma. “La tecnología se mueve a una velocidad que los doctores, los profesores y los científicos realmente no entienden”.
Algoritmos que ‘hackean’ el cerebro adolescente
La que sí conoce muy bien el potencial adictivo de las redes sociales es, según Baler, la industria tecnológica, que “va por delante de todos”. Los algoritmos “son modelos de negocio que se basan en capturar nuestras intenciones, en vender nuestros datos y en hackear el cerebro del adolescente, que es muy vulnerable en las épocas formativas”.
Las empresas tienen “laboratorios de dopamina que saben exactamente lo que están haciendo”. Además, apunta el neurocientífico, “no están abiertas a recular o a incrementar la transparencia de los algoritmos. Es un modelo de negocio sumamente efectivo”.
En este contexto, las compañías que regalan ordenadores a los centros escolares actúan, según Baler, “como los traficantes de heroína, que te regalan un poquito en la esquina de tu casa y después te has vuelto adicto de por vida”.
Ante esta situación, apuesta por “adoptar una regulación mucho más robusta de la que tenemos”, con el objetivo de “proteger sobre todo a los más jóvenes, cuyo cerebro está en desarrollo”. En concreto, propone “algún tipo de moratoria hasta que entendamos un poco mejor cuál es el riesgo”.


