La evidencia sobre el impacto cardiovascular de las infecciones respiratorias está llevando a la cardiología a incorporar la vacunación como una herramienta más de prevención
Durante años, la vacunación frente a las infecciones respiratorias ha ocupado un lugar claramente delimitado en la práctica clínica: prevención de gripe, neumonía, COVID-19 o, más recientemente, virus respiratorio sincitial en los grupos de riesgo. Pero algo está cambiando en cardiología. Cada vez existe mayor conciencia de que proteger al paciente cardiovascular frente a una infección respiratoria no es únicamente evitar una neumonía o una hospitalización: también puede significar prevenir un infarto, una descompensación de la insuficiencia cardiaca o incluso una muerte cardiovascular.
La evidencia que sustenta este cambio de perspectiva es cada vez más consistente. Una infección respiratoria no es un episodio exclusivamente pulmonar. La inflamación sistémica, la activación plaquetaria, la disfunción endotelial y el aumento de las demandas metabólicas pueden actuar como desencadenantes de eventos cardiovasculares en pacientes vulnerables. En un estudio publicado en The New England Journal of Medicine, la incidencia de infarto agudo de miocardio fue más de seis veces superior durante los siete días posteriores a una infección gripal confirmada por laboratorio.
La consecuencia lógica es que prevenir la infección puede convertirse también en una herramienta de prevención cardiovascular. Y aquí la gripe ocupa un lugar especialmente relevante. El ensayo IAMI, realizado en 2.571 pacientes con infarto de miocardio o enfermedad coronaria de alto riesgo, encontró que la vacunación antigripal administrada durante la hospitalización se asociaba a una reducción del objetivo combinado de muerte, infarto o trombosis stent. La mortalidad cardiovascular fue del 2,7% en los vacunados frente al 4,5% en quienes recibieron placebo.
No toda la evidencia apunta exactamente en la misma dirección ni todos los ensayos han demostrado una reducción significativa de los eventos cardiovasculares. El estudio sobre vacunación antigripal en insuficiencia cardiaca, por ejemplo, no alcanzó diferencias significativas en sus objetivos cardiovasculares principales, aunque sí observó menos hospitalizaciones por cualquier causa y una reducción importante de la neumonía. Precisamente por eso resulta importante no convertir una asociación prometedora en una afirmación absoluta. La fortaleza del argumento reside en el conjunto de la evidencia.
Y ese conjunto ha alcanzado ya un punto de madurez suficiente para que la cardiología incorpore la vacunación a su propia agenda preventiva. El consensoclínico de la European Society of Cardiology publicado en 2025 da un paso especialmente significativo al plantear la vacunación como un pilar de la prevención cardiovascular, junto a estrategias tan asentadas como el control de la presión arterial, los lípidos o la diabetes. El documento recomienda la vacunación antigripal anual en pacientes con enfermedad cardiovascular establecida y recoge también el papel de las vacunas frente a neumococo y SARS-CoV-2 en determinados pacientes.
El mensaje es particularmente relevante para las consultas de cardiología. Si el cardiólogo pregunta por tabaquismo, ejercicio, colesterol o adherencia al tratamiento, tiene sentido que pregunte también por el estado vacunal. Y si el paciente ingresa por un síndrome coronario agudo, la hospitalización puede ser una oportunidad para comprobar y actualizar las vacunas indicadas, en lugar de asumir que esta responsabilidad pertenece exclusivamente a atención primaria. El propio consenso europeo reclama precisamente aprovechar los contactos asistenciales para mejorar unas coberturas que siguen siendo insuficientes.
La cardiología está entendiendo, en definitiva, que el sistema cardiovascular no vive de espaldas al sistema inmunitario. La frontera entre prevención infecciosa y prevención cardiovascular se está haciendo cada vez más difusa. Y quizá ese sea uno de los cambios más interesantes de la medicina preventiva contemporánea: que una intervención tan sencilla como una vacuna pueda terminar formando parte del arsenal con el que protegemos también al corazón.
Porque, cuando llega el invierno, prevenir una infección respiratoria puede ser también una forma de prevenir el próximo evento cardiovascular.
FUENTE: Gaceta Médica


