El equipo estudió, en concreto, a 93 pacientes con enfermedad de Parkinson sin demencia que realizaron una tarea de categorización visual en la que debían decidir rápidamente si una imagen correspondía a una cara, un objeto o un objeto que simplemente se asemejaba a una cara, mientras se registraba su actividad cerebral mediante electroencefalografía de reposo. Esta metodología permitió observar, con gran precisión temporal, cómo el cerebro construye una percepción desde sus etapas más básicas hasta las fases de interpretación y revisión cognitiva. Se optó por esa técnica porque junto con potenciales evocados cognitivos permite observar, a diferencia de la RM, cómo funcionan regiones específicas del cerebro justo en el momento de la alucinación visual.
“Como subir una montaña”
Los análisis, ha destacado el neurólogo, mostraron que los pacientes con alucinaciones no presentan alteraciones en la vista ni en las primeras etapas del procesamiento visual. Lo que sucede es una cascada (o secuencia) de acontecimientos que Pagonabarraga define como “subir una montaña”.
El punto de partida de esa escalada es la onda o señal normal P100, que indica que se percibe la nitidez, el contraste o el movimiento igual que cualquier persona sin alucinaciones. Las alteraciones aparecen en etapas posteriores, cuando el cerebro debe organizar la información visual y dotarla de significado.
A partir de ahí, en primer lugar, se activa la señal llamada N-170 para identificar si algo que se está viendo es, por ejemplo, una cara humana o un caballo. Esta primera zona, en los pacientes con párkinson, ya funciona peor respecto a lo normal.
En segundo lugar, la onda N-400 identifica muy rápidamente si lo que se está viendo es, por ejemplo, una mesa, en comparación con el recuerdo de otras mesas vistas previamente. Curiosamente, esta onda en los pacientes en vez de estar disminuida está incrementada para hacer un sobreesfuerzo para saber qué es eso que se está viendo. Es un mecanismo de compensación que se produce en milisegundos.
En tercer lugar, en este caso la onda P-600, antes de enviar la información a la consciencia, supervisa, desde el lóbulo frontal, si eso tiene sentido o no. Se da la circunstancia de que esta etapa también está muy alterada en los pacientes.
Y la suma de todo ello da como resultado el desequilibrio entre nodos cerebrales de percepción del mundo externo.
Patrón de descoordinación entre etapas
Más allá de describir cómo se originan las alucinaciones, los autores subrayan que el patrón de descoordinación entre las distintas etapas del procesamiento visual ofrece información valiosa también sobre la evolución clínica de la enfermedad. Los resultados muestran que estas alteraciones perceptivas reflejan un cambio progresivo en la dinámica cognitiva, especialmente en las personas que comienzan a mostrar deterioro cognitivo leve. Esta combinación —fragilidad perceptiva y fragilidad cognitiva— configura un perfil de especial vulnerabilidad, relevante tanto para entender los síntomas presentes como para anticipar la evolución futura.
Según Pérez-Carasol, “estas señales tempranas nos permiten ver que el cerebro empieza a perder precisión y coordinación mucho antes de que aparezcan síntomas más evidentes. Si entendemos esta vulnerabilidad desde el principio, podemos identificar a los pacientes que necesitarán un seguimiento más estrecho y adaptar las intervenciones antes de que los síntomas se vuelvan más incapacitantes”. Y Martínez-Horta resalta, por su parte, que una lectura clínica de estos resultados puede ayudar a transformar la práctica asistencial: “Si somos capaces de detectar precozmente estos cambios en la dinámica perceptiva y cognitiva, podremos intervenir antes y ajustar los tratamientos y las estrategias de apoyo en función del perfil de cada paciente”.
Pagonabarraga ha dicho al respecto que ahora hay que delimitar lo observado en cada paciente individual para que sea útil para el tratamiento personalizado. Realizar este estudio no resulta caro pero es necesario que el hospital disponga de un neurofisiólogo que lo sepa hacer, ha explicado.
¿Cómo sigue la investigación?
El siguiente trabajo, para el que el equipo ya busca recursos (el que han publicado ahora está financiado por financiada por la Fundación ‘La Marató’ de TV3 y el Instituto de Salud Carlos III), consistirá precisamente en el análisis individualizado de un centenar de pacientes para ver qué etapa falla más en cada uno de ellos y poder clasificarlos en grupos. Este iría en paralelo con otra investigación que tendría por objetivo entender qué tiene que pasar para que un paciente pierda la consciencia de realidad; es decir, que no se dé cuenta de que lo que cree que está viendo no es real.
FUENTE: Diario Médico