Los mecanismos que permiten a roedores y murciélagos hospedar hantavirus y otros patógenos sin sufrir síntomas pueden ayudar al desarrollo de tratamientos.
Ahora parece lejano, pero llegará un día en el que el brote de hantavirus originado en el crucero MV Hondius esté totalmente controlado. En ese momento se abrirán dos posibilidades: olvidar el episodio como si fuese una pesadilla (lo más habitual) o aprovechar para intensificar la investigación y las medidas de prevención. Para la viróloga veterinaria Elisa Pérez Ramírez, del Centro de Investigación en Sanidad Animal (CISA-INIA/CSIC), “la relación entre roedores y hantavirus es un buen ejemplo de la necesidad de una estrategia One Health”.
Las lecciones que se extraen de las zoonosis tienen un impacto considerable en el desarrollo de tratamientos eficaces. ¿Qué es lo que permite a los roedores y otros animales albergar virus altamente patógenos sin desarrollar síntomas? La respuesta a esta pregunta puede allanar el camino para el descubrimiento de nuevos antivirales.
La aparición de virus zoonóticos constituye una amenaza para la salud mundial a pesar de que, tal y como apuntan los autores de una revisión publicada a finales de marzo en Trends in Microbiology, “más de dos tercios se originan en la fauna silvestre”. Los autores del artículo, encabezados por Aaron Irving, de la Universidad de Zhejiang (China) y la Universidad de Edimburgo (Reino Unido), apuntan que, en sus reservorios naturales, los murciélagos y roedores albergan una notable diversidad de virus altamente patógenos, incluidos coronavirus, filovirus, hantavirus y otros. “Sin embargo, los huéspedes reservorios rara vez desarrollan la enfermedad”.
En los murciélagos, se han observado “adaptaciones funcionales relacionadas con la activación del inflamasoma, la muerte celular y la tormenta de citoquinas, manteniendo al mismo tiempo una potente actividad del interferón y de los factores de restricción antivirales”, argumentan los responsables de la revisión. De manera similar, en los reservorios de roedores, “la infección crónica por hantavirus se asocia con una inmunomodulación mediada por células T reguladoras y respuestas endoteliales atenuadas”.
Irving y sus colabores proponen tomar buena nota de esas adaptaciones e integrar “la vigilancia genómica, los datos ecológicos y la inteligencia artificial” para promover la identificación de reservorios desconocidos y, sobre todo, “predecir el riesgo de transmisión zoonótica y acelerar el descubrimiento de antivirales”.
Mecanismos que favorecen la inmunidad
Pérez Ramírez puntualiza que hay miles de especies de roedores, pero los hantavirus y otros patógenos “suelen estar bastante adaptados a una especie concreta o dos como mucho”. Esta es una de las razones por las que estas especies tienen infecciones asintomáticas: “Porque virus y roedores llevan muchísimo tiempo evolucionando juntos”.
Lo mismo sucede con los murciélagos: hay en torno a 1.400 especies en el mundo, lo que supone aproximadamente el 20% de todos los mamíferos. Y solo unas cuantas albergan virus capaces de causar brotes en los humanos. No obstante, son muchas más que las de ratas y ratones, y por eso se han estudiado en mayor medida los mecanismos que les hacen inmunes.
“Hay diversas teorías”, explica la viróloga. “Por un lado, podría ser por el tipo de vuelo y el metabolismo acelerado que tienen porque necesitan muchísima energía“. Eso produce “bastante estrés celular y, por tanto, daños en su ADN”. Estos mamíferos “tienen un sistema de detección y reparación de esos daños que funciona bastante bien y rápido y también les ayuda a protegerse frente a las infecciones de diversos virus”.
La temperatura corporal de los murciélagos también podría influir, ya que en condiciones normales se encuentra en torno a los 40 grados. Se trata, por lo tanto, de una especie de estado febril que podría contribuir “a estimular el sistema inmunitario y protegerles frente a los patógenos”.
Condiciones ambientales
Pérez reconoce la utilidad potencial del estudio de estos mecanismos de cara al diseño de estrategias de prevención y tratamiento, pero considera que lo realmente “interesante” es el análisis de los determinantes ambientales y climáticos. Tanto los roedores como los murciélagos “viven tranquilos en sus ecosistemas y los problemas comienzan cuando nosotros invadimos sus espacios”. Ahí es cuando entran en contacto estrecho con las personas y se desencadenan los brotes epidémicos.
Se ha comprobado que, en los diferentes sitios donde ha habido grandes brotes -principalmente en Argentina, Chile y Estados Unidos-, “suelen estar asociados a alteraciones climáticas que provocan un pico muy grande de roedores, sobre todo después de lluvias muy intensas”.
Así, por ejemplo, en el parque Yosemite de Estados Unidos hubo un brote importante de hantavirus en una época en la que había llovido mucho “y había un pico enorme de roedores silvestres”.
La vegetación juega, asimismo, un papel crucial. En algunas zonas de Argentina y Chile hay especies silvestres de bambú que, según expone Pérez, “florecen cada dos o tres años y lo hacen masivamente, produciendo muchísimas semillas”. El resultado es que la disponibilidad de alimento aumenta tanto que hay “unos picos poblacionales de ratones enormes”. De este modo, proliferan los posibles hospedadores de hantavirus.
Estrategia One Health
En cuanto a las formas más habituales de contagio de hantavirus a los humanos, la investigadora señala que lo más frecuente en Argentina y Chile es que se trate de personas que viven en zonas rurales y, por ejemplo, “tienen que barrer en seco un granero que lleva cerrado muchos meses”. En esas condiciones, puede haber una acumulación de restos de heces y saliva de los ratones que contengan el virus, y ahí “se generan unos aerosoles con muchísima carga viral”.
Posteriormente, las transmisiones secundarias de ciertas cepas de hantavirus requieren un contacto muy estrecho, como el que se ha dado en el crucero.
Pérez considera que son muchas las lecciones que se pueden extraer sobre el actual brote, que se resumen en que “la naturaleza nos muestra una y otra vez que esto de la zoonosis no es una cosa puntual ni solo del covid, sino que cada cierto tiempo vamos a tener alertas de este tipo de virus que tienen la capacidad de saltar de hospedadores: de animales a humanos”.
Cree que la estrategia One Health “tiene que pasar de la teoría a la práctica, porque además con este ejemplo vemos claramente la importancia de que estén implicados los profesionales relacionados con la ecología y el medio ambiente”.
Por último, apunta que para conocer más a fondo este y otros virus zoonóticos “hay que trabajar en los periodos que llamamos interepidémicos, cuando no hay una alarma”.


