El deterioro cognitivo no aparece de forma repentina. En la mayoría de los casos, comienza con cambios sutiles en la memoria, la atención o la capacidad para resolver problemas que pueden pasar desapercibidos durante años.
Hoy la investigación científica apunta a que este proceso no depende solo del cerebro. Factores como el eje intestino-cerebro, la microbiota y el estilo de vida tienen un papel importante en su evolución. “Detectar el deterioro a tiempo permite actuar para retrasar su evolución”, asegura en declaraciones a El Médico Interactivo Pedro Gil Gregorio, médico especialista en geriatría y profesor de la Universidad Complutense de Madrid y colaborador de Schwabe.
La microbiota como moduladora de la salud cerebral
Durante años, la investigación sobre el deterioro cognitivo se ha centrado casi exclusivamente en el cerebro. Sin embargo, los estudios más recientes muestran que existe una comunicación constante entre intestino y cerebro que puede contribuir al deterioro cognitivo asociado al envejecimiento, abriendo una nueva vía para comprender cómo se inicia este proceso.
Según Gil Gregorio, la microbiota no debe considerarse un “acelerador” directo del envejecimiento cerebral, sino un modulador de numerosos procesos fisiológicos. “A través del eje intestino-cerebro, influye en mecanismos nerviosos, inmunológicos y metabólicos que pueden favorecer o dificultar un envejecimiento cerebral saludable”, asegura.
Esta visión coincide con el estudio publicado por Cox et al. (2026) en Nature, que demuestra que el envejecimiento altera la capacidad del intestino para detectar nutrientes y transmitir correctamente esa información al cerebro. Los autores observaron que esta disfunción interoceptiva intestinal ayuda al deterioro cognitivo relacionado con la edad y que restaurar esta comunicación mejora la función cognitiva.
La disbiosis, una pieza más del rompecabezas
Uno de los hallazgos más repetidos en los últimos años es la presencia de disbiosis en personas con deterioro cognitivo leve y enfermedad de Alzheimer. No obstante, el experto subraya que la evidencia disponible no permite considerar que la disbiosis sea la causa única del deterioro cognitivo. “Más bien es un componente más de un proceso fisiopatológico complejo en el que también participan mecanismos inflamatorios, metabólicos y otros sistemas del organismo con capacidad para influir en la función cerebral”, afirma.
Pese a estos avances, el conocimiento todavía no se ha traducido en herramientas aplicables a la práctica clínica. Por ello, el seguimiento continúa basándose en la evaluación clínica, las pruebas cognitivas y la valoración global del estado de salud del paciente, tal como recoge la revisión de Olivera-Pueyo y Pelegrín-Valero (2015) sobre prevención y tratamiento del deterioro cognitivo leve.
Actuar cuanto antes marca la diferencia
Uno de los mensajes principales del experto es la importancia de intervenir desde las fases iniciales. El deterioro cognitivo leve representa una ventana de oportunidad en la que todavía es posible actuar sobre factores modificables. La evidencia científica respalda un abordaje multifactorial que combine ejercicio físico, alimentación saludable, estimulación cognitiva y un adecuado control de los factores de riesgo cardiovascular.
Papel de los tratamientos farmacológicos
Además de las medidas de estilo de vida, en determinados pacientes pueden considerarse tratamientos farmacológicos dirigidos al manejo de síntomas cognitivos. El doctor señala que uno de los tratamientos estudiados es el extracto estandarizado de Ginkgo biloba EGb 761 (Tebofortán). Algunos ensayos clínicos han observado mejoras sobre funciones como la memoria y la atención en pacientes con deterioro cognitivo leve.
Esta afirmación se respalda con el ensayo clínico aleatorizado de Gavrilova et al. (2014), que observó mejoras tanto en el rendimiento cognitivo como en síntomas neuropsiquiátricos —como ansiedad, apatía e irritabilidad— en pacientes tratados con EGb 761, manteniendo además un buen perfil de seguridad.
Aunque los probióticos y prebióticos despiertan un interés creciente debido a su capacidad para modificar la microbiota intestinal, Gil Gregorio recuerda que estas estrategias “no constituyen, por el momento, un tratamiento establecido para su abordaje”. “ Este debe plantearse desde una perspectiva integral y multifactorial, especialmente en las fases iniciales, donde las intervenciones sobre el estilo de vida son las que han mostrado un respaldo más consistente en la evidencia disponible”, concluye.
La alimentación forma parte de la prevención
Los patrones dietéticos saludables, sobre todo cuando se integran en intervenciones multifactoriales, se han asociado con una evolución más favorable en fases iniciales como el deterioro cognitivo leve.
Esto no implica que exista un alimento específico con un efecto directo sobre la memoria. Más bien, el posible beneficio de la alimentación debe interpretarse en el contexto de su interacción con otros hábitos de vida y de su influencia sobre procesos biológicos, como la inflamación o el estado metabólico, estrechamente relacionados con la salud cerebral. En este sentido, los resultados obtenidos por Ornish et al. (2025) refuerzan la importancia de adoptar cambios dietéticos junto con ejercicio, reducción del estrés y apoyo social para favorecer una evolución más positiva del deterioro cognitivo.
Además de la alimentación, existen factores relacionados con el estilo de vida y la salud general que pueden condicionar la evolución del deterioro cognitivo. Entre ellos destacan la actividad física, la calidad del sueño, el adecuado control de factores de riesgo cardiovascular, como la hipertensión arterial o la diabetes, así como el manejo del estrés. La evolución de la función cognitiva depende de la interacción entre múltiples factores modificables y no modificables, cuyo efecto acumulativo puede influir en la progresión del deterioro cognitivo.
Detectar antes para actuar mejor
Para Gil Gregorio, el principal mensaje es claro: “La detección precoz continúa siendo la herramienta más eficaz para modificar la evolución del deterioro cognitivo”. Cuanto antes se identifiquen los cambios cognitivos y se actúe sobre los factores potencialmente modificables, mayores serán las posibilidades de preservar la función cognitiva y de influir favorablemente en la evolución clínica del paciente, según el experto.
Por eso, es clave no esperar a fases avanzadas, sino identificar estos cambios desde etapas iniciales. En este sentido, la prevención y el seguimiento precoz pueden marcar una diferencia importante en la evolución a largo plazo. “Además, cada vez entendemos mejor que el deterioro cognitivo es un proceso complejo en el que intervienen múltiples factores y su abordaje debe hacerse de manera integral, aspecto que puede marcar una diferencia importante en la evolución a largo plazo”, concluye.
FUENTE: Univadis


