Cuando todo cambia, la enfermera pediátrica permanece

Cuando un niño/a tiene cáncer, su vida empieza a llenarse de especialistas, pruebas, tratamientos, ingresos y decisiones. También aparecen palabras hasta entonces desconocidas, rutinas que cambian de un día para otro y preguntas para las que no siempre existe una respuesta inmediata. En medio de esa complejidad, la enfermera pediátrica oncológica aporta algo especialmente valioso: continuidad. Conoce al niño/a, reconoce sus cambios, acompaña a la familia, anticipa necesidades y conecta las distintas piezas del cuidado.

Pero esta continuidad no es únicamente estar presente. Cuidar a un niño/a con una enfermedad oncológica requiere conocimientos y competencias específicas. La infancia y la adolescencia no son versiones reducidas de la edad adulta. Cada etapa tiene unas características propias de crecimiento, desarrollo físico y emocional, formas diferentes de expresar el dolor o el miedo y distintas capacidades para comprender lo que está sucediendo. Por eso, en contextos de alta complejidad como la oncología pediátrica, la especialización de los profesionales adquiere todavía mayor importancia.

La enfermera pediátrica especialista está formada para cuidar teniendo en cuenta precisamente esas particularidades. Su mirada no se dirige únicamente hacia la enfermedad o el tratamiento, sino hacia el niño/a en su conjunto y hacia la familia que le acompaña. Puede identificar cambios clínicos, valorar síntomas, prevenir complicaciones y proporcionar cuidados altamente especializados, pero también reconocer cuándo un niño/a está asustado, cuándo un/a adolescente necesita recuperar espacios de autonomía o cuándo una familia necesita que la información vuelva a explicarse de otra manera.

Porque una parte esencial del cuidado consiste también en ayudar a comprender.

Durante el proceso oncológico, las familias reciben una enorme cantidad de información. Medicación, efectos secundarios, alimentación, dispositivos, signos de alarma, cuidados en casa, pruebas, citas o modificaciones en las rutinas forman parte de una realidad completamente nueva. La enfermera pediátrica desempeña aquí un papel fundamental: traduce la complejidad del sistema sanitario a la vida cotidiana de cada familia, comprueba qué se ha comprendido y adapta sus explicaciones a las necesidades y circunstancias de cada persona.

Esa relación mantenida en el tiempo permite además conocer qué es habitual para cada niño/a. En pediatría, una madre, un padre o un cuidador puede decir simplemente: “hoy no le veo igual”. Escuchar esa percepción, integrarla en la valoración clínica y conocer suficientemente al niño/a para interpretar pequeños cambios forma también parte de un cuidado especializado y centrado en la familia.

La atención oncológica pediátrica, además, no termina en una habitación de hospital. El niño/a continúa teniendo una familia, un colegio, amistades, hermanos/as, intereses y proyectos. Sigue necesitando jugar, aprender, relacionarse, tomar decisiones acordes a su edad y sentirse, en la medida de lo posible, dueño/a de su propia vida. La enfermera pediátrica contribuye a que todas esas dimensiones permanezcan presentes cuando la enfermedad amenaza con ocuparlo todo.

También ayuda a conectar escenarios y profesionales. El proceso puede incluir hospitalización, hospital de día, consultas, atención domiciliaria, urgencias, diferentes especialidades y, en determinadas situaciones, cuidados paliativos pediátricos. Para las familias, transitar por todos estos espacios puede resultar difícil. La continuidad enfermera facilita que el cuidado no se convierta en una sucesión de intervenciones aisladas, sino en un proceso coordinado en torno a las necesidades del niño/a y su familia.

Y cuidar significa igualmente estar cuando las cosas se complican. En una recaída, ante efectos adversos importantes, durante una hospitalización inesperada o cuando cambian los objetivos terapéuticos, la enfermera pediátrica continúa teniendo una responsabilidad esencial: aliviar síntomas, proporcionar información comprensible, detectar necesidades, proteger el bienestar del niño/a y acompañar a la familia en la toma de decisiones difíciles.

En el Día Internacional de la Enfermería Pediátrica Oncológica merece la pena recordar que la calidad de los cuidados no depende únicamente de disponer de tratamientos cada vez más avanzados. También depende de contar con profesionales capaces de atender la enorme complejidad que acompaña a esos tratamientos.

Defender la presencia de enfermeras pediátricas especialistas en ámbitos de alta especialización no es solo defender una categoría profesional. Es defender que los niños/as y adolescentes sean cuidados por profesionales específicamente preparados para sus necesidades; que las familias encuentren conocimiento, acompañamiento y continuidad; y que, incluso en medio de una enfermedad tan exigente como el cáncer, el cuidado siga teniendo en el centro a quien realmente importa: el niño/a y su familia.

© Bibiana Pérez Ardanaz, 2026.

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Bibiana Pérez Ardanaz
Bibiana Pérez Ardanaz
La enfermera Bibiana Pérez Ardanaz es vocal de investigación y calidad de la Asociación Española de Enfermería Pediátrica. Especialista en Pediatría, es Doctora en Ciencias de la Salud por la Universidad de Málaga. En la actualidad es profesora de la Facultad de Ciencias de la Salud, en el Campus de Ceuta, en el departamento de enfermería de la Universidad de Granada. Desde allí imparte la asignatura de Enfermería de la infancia y la adolescencia. Además, pertenece al grupo de investigación CTS-970 “Cronicidad, Dependencia, Cuidados y Servicios de Salud” perteneciente al IBIMA (Instituto Biomédico de Investigación de Málaga).

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