Además, existe el riesgo de contraer la enfermedad al visitar otros países en los que el parásito es endémico. “La leishmaniosis cutánea es especialmente frecuente en América, en la cuenca del Mediterráneo, en Oriente Medio y en Asia Central. La forma visceral se asocia sobre todo a focos en Brasil, África Oriental y el subcontinente indio”, afirma Maffongelli. “También cuando se viaja, la prevención individual se basa principalmente en la protección contra las picaduras de los vectores”.
Reconocer los síntomas a tiempo
“La leishmaniosis cutánea puede estar infradiagnosticada porque la lesión puede parecerse a otras patologías dermatológicas y es posible que no se reconozca de inmediato”, señala el especialista. “La lesión típica es una pápula o un nódulo que puede aumentar lentamente de tamaño y, posteriormente, ulcerarse. La úlcera suele ser poco dolorosa o indolente y puede presentar un borde elevado. Las lesiones aparecen generalmente en las zonas expuestas y pueden surgir semanas o meses después de la infección. Pueden ser únicas o múltiples y, dependiendo de la especie del parásito implicado y de la respuesta inmunitaria del huésped, pueden adoptar aspectos diferentes. La curación puede ser espontánea, pero puede dejar una cicatriz permanente”.
Por lo tanto, es importante que el médico de atención primaria tenga en cuenta la leishmaniosis en el diagnóstico diferencial de una lesión cutánea persistente, sobre todo cuando existe una anamnesis compatible: estancia o residencia en una zona endémica, actividades laborales o recreativas al aire libre o exposición a los flebotomos. Una lesión cutánea sospechosa requiere una evaluación clínica y la confirmación del diagnóstico mediante las pruebas adecuadas. El proceso puede implicar al dermatólogo, al especialista en enfermedades infecciosas o a un centro especializado, dependiendo del contexto.
“La leishmaniosis visceral es la forma más grave de la enfermedad y puede ser potencialmente mortal si no se trata”, continúa Maffongelli. “El diagnóstico y el tratamiento oportunos son fundamentales, por lo que, ante un cuadro clínico sospechoso, es importante realizar rápidamente las pruebas diagnósticas específicas. El inicio puede ser gradual, a lo largo de semanas o meses, aunque también existen casos más agudos. Los signos más característicos incluyen fiebre prolongada o irregular, pérdida de peso, cansancio marcado, anemia y hepato-esplenomegalia, es decir, aumento del tamaño del hígado y, sobre todo, del bazo. Los análisis de laboratorio pueden revelar pancitopenia e hipergammaglobulinemia. También pueden observarse alteraciones en las enzimas hepáticas. El cuadro clínico debe interpretarse a la luz de la anamnesis epidemiológica —especialmente en personas que proceden de una zona endémica o han permanecido en ella— y del estado inmunitario. Las personas inmunodeprimidas pueden presentar formas más complejas y graves”.
En un contexto clínico y epidemiológico en constante evolución, la información, la prevención diaria y el diagnóstico precoz son las herramientas fundamentales para proteger la salud pública frente a una amenaza que, año tras año, se hace cada vez más real.
Este contenido fue publicado originalmente en Univadis Italia, parte de la Red Profesional de Medscape.


