Cada 18 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Ética Médica, una fecha promovida por la Asociación Médica Mundial (AMM) para recordar que el ejercicio de la medicina no puede entenderse únicamente como la aplicación de conocimientos científicos y técnicos, sino también como un compromiso permanente con la dignidad, los derechos, la seguridad y el bienestar de las personas. La elección del 18 de septiembre está vinculada a la propia historia de la Asociación Médica Mundial, cuya primera Asamblea General tuvo lugar ese día de 1947. En 2003, la AMM aprobó una resolución para promover la celebración anual de esta jornada y, en 2025, su Consejo reafirmó la designación con revisiones menores.
La ética médica no constituye un elemento accesorio de la profesión, ni una cuestión reservada a los comités de ética cuando aparece un conflicto especialmente complejo. Forma parte del núcleo de la responsabilidad profesional y debe estar presente en cada decisión clínica, desde la relación cotidiana con un paciente hasta la investigación, la docencia, la utilización de nuevas tecnologías, la comunicación pública, la gestión de los recursos sanitarios o la relación entre profesionales.
La propia Asociación Médica Mundial señala en su Código Internacional de Ética Médica que los principios éticos definen y explican los deberes profesionales de los médicos hacia sus pacientes, hacia otros médicos y profesionales sanitarios, hacia ellos mismos y hacia la sociedad. Esa responsabilidad tiene una dimensión especialmente relevante en una actividad en la que existe una evidente asimetría de conocimiento entre el profesional y la persona atendida y en la que las decisiones pueden tener consecuencias directas sobre la salud y sobre la vida.
La Declaración de Ginebra de la Asociación Médica Mundial, uno de los principales referentes internacionales de la ética médica contemporánea, sitúa entre los compromisos del médico el servicio a la humanidad, el ejercicio de la profesión a conciencia y dignamente, la prioridad de la salud del paciente, el respeto al secreto profesional, la defensa de la vida humana y el rechazo de cualquier discriminación que interfiera con los deberes hacia el paciente.
Estos principios adquieren todavía mayor importancia en un sistema sanitario sometido a una enorme complejidad: aumento de la esperanza de vida, envejecimiento de la población, enfermedades crónicas, innovación tecnológica, inteligencia artificial, medicina personalizada, nuevas terapias, presión asistencial, limitación de recursos y una cantidad cada vez mayor de información disponible para profesionales y ciudadanos.
En este contexto, ejercer con ética significa también reconocer los límites del propio conocimiento, actualizar de forma permanente las competencias profesionales, basar las decisiones en la mejor evidencia científica disponible, explicar al paciente las alternativas existentes de forma comprensible, respetar su autonomía y confidencialidad y actuar con independencia frente a intereses que puedan entrar en conflicto con el bienestar de la persona atendida.
La ética también exige saber decir «no lo sé», pedir ayuda cuando sea necesario, reconocer un error, comunicarlo adecuadamente y adoptar medidas para evitar que vuelva a producirse. No se trata de exigir a los profesionales una medicina sin errores, algo que no existe, sino de construir una práctica sanitaria responsable, transparente y orientada a reducir los riesgos evitables.
Los datos de la Organización Mundial de la Salud muestran la dimensión de este desafío: alrededor de uno de cada diez pacientes sufre algún daño durante la atención sanitaria y más de tres millones de personas mueren cada año como consecuencia de una atención insegura. Además, más de la mitad de los daños relacionados con la atención sanitaria son prevenibles.
La OMS señala asimismo que los errores relacionados con los medicamentos afectan aproximadamente a uno de cada 30 pacientes y que la mitad de los daños prevenibles asociados a la atención sanitaria están relacionados con los medicamentos. También estima que los errores diagnósticos se producen en entre el 5% y el 20% de las interacciones entre médicos y pacientes.
Estas cifras no pueden interpretarse simplemente como una cuestión técnica o estadística. Detrás de cada evento adverso existe una persona, una familia y una responsabilidad profesional y organizativa. Por eso, la ética médica está estrechamente vinculada a la seguridad del paciente.
Una práctica ética implica no banalizar los riesgos, utilizar correctamente los protocolos y sistemas de seguridad, identificar al paciente de manera adecuada, revisar los tratamientos, comunicar la información clínica relevante y favorecer una cultura en la que los profesionales puedan comunicar incidentes y aprender de ellos sin que la respuesta se limite a buscar culpables.
En España, este compromiso está recogido de forma expresa en el Código de Deontología Médica del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (CGCOM), que dedica capítulos específicos a los principios generales, la relación del médico con sus pacientes, la calidad de la atención médica, el secreto profesional, la relación con otros profesionales sanitarios, el trabajo en las instituciones sanitarias, la investigación médica sobre seres humanos, la docencia, las publicaciones profesionales, la publicidad y la economía y los honorarios.
La existencia de este marco deontológico recuerda que la responsabilidad del médico no termina en el diagnóstico o el tratamiento. También alcanza la forma en la que comunica, investiga, enseña, publica, utiliza su posición profesional y se relaciona con sus compañeros y con el conjunto del sistema sanitario.
Y la ética no es patrimonio exclusivo de la profesión médica. El conjunto de las profesiones sanitarias está sometido a principios deontológicos que persiguen proteger a las personas y garantizar una atención responsable.
El Consejo General de Enfermería, que representa a más de 200.000 profesionales colegiados, sitúa entre sus objetivos el avance del ejercicio enfermero basado en la ética, la evidencia científica, la autonomía y la responsabilidad profesional. Su Comisión Deontológica Nacional de Enfermería tiene entre sus funciones el estudio, asesoramiento y coordinación de las cuestiones relacionadas con la ética y la deontología profesional.
También la profesión farmacéutica dispone de un marco deontológico específico. El Código de Deontología de la Profesión Farmacéutica aprobado por el Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos en 2023 incluye principios relativos a la actuación responsable e independiente, la relación con el paciente, la calidad de la dispensación y los servicios profesionales, la comunicación y las nuevas tecnologías, la relación con otros profesionales sanitarios, la investigación, la docencia y la publicidad.
Esta dimensión colectiva resulta fundamental porque la asistencia sanitaria moderna ya no es el resultado de la actuación aislada de un único profesional. Médicos, enfermeras, farmacéuticos, fisioterapeutas, psicólogos, técnicos, investigadores y otros profesionales trabajan de forma coordinada alrededor de pacientes cada vez más complejos.
La ética sanitaria exige, por ello, respeto entre profesionales, comunicación eficaz, reconocimiento de las competencias de cada disciplina y capacidad para anteponer el interés del paciente a intereses personales, corporativos o económicos.
También exige preservar la confidencialidad en un entorno en el que la información sanitaria circula a través de historias clínicas electrónicas, aplicaciones, sistemas de inteligencia artificial y múltiples canales de comunicación. La digitalización abre enormes posibilidades, pero plantea igualmente nuevos dilemas sobre privacidad, consentimiento, utilización de datos, sesgos, transparencia y responsabilidad profesional.
La incorporación de la inteligencia artificial a la medicina hace todavía más importante que exista una persona profesionalmente responsable de las decisiones clínicas y que ninguna herramienta tecnológica sustituya el juicio ético que requiere cada caso individual. La tecnología puede ayudar a detectar patrones, apoyar diagnósticos o mejorar procesos, pero no elimina la obligación de explicar, escuchar, respetar y responder ante el paciente.
Del mismo modo, la ética debe estar presente en la investigación biomédica. El avance científico necesita investigación, pero esa investigación debe desarrollarse respetando la dignidad, los derechos, la seguridad y el consentimiento de las personas participantes. El Código de Deontología Médica español contempla específicamente la investigación médica sobre seres humanos, mientras que el marco internacional de la Asociación Médica Mundial establece obligaciones éticas aplicables al ejercicio profesional en todo el mundo.
La responsabilidad ética también alcanza la comunicación sanitaria. En una sociedad en la que las redes sociales y las plataformas digitales permiten difundir información médica a millones de personas en segundos, los profesionales sanitarios tienen una capacidad extraordinaria para combatir la desinformación, pero también una responsabilidad proporcional a su autoridad científica.
Explicar con rigor, diferenciar evidencia de opinión, reconocer las incertidumbres y no generar expectativas injustificadas forma parte igualmente de una práctica sanitaria responsable. El mismo principio debe aplicarse a la publicidad, a las publicaciones científicas y a cualquier actividad en la que la condición de profesional sanitario pueda conferir una credibilidad especial a un mensaje.
Celebrar el Día Mundial de la Ética Médica significa, en definitiva, recordar que la confianza de los ciudadanos en los profesionales sanitarios no se construye únicamente con conocimientos científicos. Se construye con responsabilidad, honestidad, competencia, respeto, confidencialidad, independencia, humanidad y capacidad para reconocer los límites y los errores.
La medicina necesita ciencia, pero necesita también conciencia; necesita tecnología, pero necesita criterio; necesita innovación, pero también prudencia; necesita profesionales altamente cualificados, pero igualmente comprometidos con la dignidad de las personas.
La ética no debe aparecer únicamente cuando surge un dilema extraordinario: debe formar parte de las decisiones aparentemente pequeñas que se toman cada día en una consulta, en una planta hospitalaria, en un quirófano, en una farmacia, en un laboratorio, en un centro de salud o en cualquier otro espacio sanitario.
En última instancia, ejercer una profesión sanitaria de manera ética significa recordar que detrás de cada diagnóstico, cada prueba, cada tratamiento y cada dato existe una persona que deposita en el profesional una parte esencial de su confianza. Preservar esa confianza no es solo una obligación moral: es una de las condiciones fundamentales para que la asistencia sanitaria sea segura, responsable y verdaderamente centrada en las personas.


