La bajada de las temperaturas puede modificar el gasto energético, pero los cambios de rutina y el tipo de alimentos que apetecen también influyen en la sensación de hambre
Madrid, 16 de octubre de 2026. Con la llegada del otoño y el descenso de las temperaturas es habitual que vuelvan los guisos, las cremas y otros platos calientes y que algunas personas perciban que tienen más hambre o prefieran comidas más contundentes. Aunque el organismo activa mecanismos para mantener la temperatura corporal cuando hace frío, en la mayoría de las personas que desarrollan su actividad habitual en espacios climatizados este aumento del gasto energético suele ser modesto y no implica necesariamente una mayor necesidad de calorías.
Cuando el cuerpo se expone a temperaturas bajas activa mecanismos de termogénesis para producir calor y mantener estable su temperatura. Los estudios experimentales confirman que una exposición aguda al frío puede aumentar el gasto energético, pero la respuesta varía según la intensidad y duración del estímulo, la composición corporal, la edad y el grado de aclimatación. Esta evidencia no permite concluir que el frío cotidiano aumente de forma relevante las necesidades calóricas ni que provoque por sí solo más apetito, especialmente cuando se permanece en espacios climatizados y se utiliza ropa adecuada.
“Es habitual que muchas personas noten más apetito cuando llega el otoño, pero eso no significa necesariamente que su organismo necesite más calorías. En la práctica, solemos pasar más tiempo en interiores, reducir algo la actividad física y recurrir con mayor frecuencia a platos más contundentes y energéticos. Antes de aumentar las cantidades, conviene valorar si las comidas habituales son completas e incluyen suficientes alimentos promueven la saciedad, como verduras, legumbres, proteínas de calidad o cereales integrales”, explica Ingrid Daniele, nutricionista de Blua de Sanitas.
Además, la forma de comer cambia con las estaciones. Cuando bajan las temperaturas suelen resultar más apetecibles las preparaciones calientes, pero adaptar el menú al otoño no implica convertir cada comida en un plato más calórico. Un potaje de legumbres con verduras, unas lentejas estofadas, una crema de calabaza acompañada de pescado o huevo, o unas verduras asadas con garbanzos permiten mantener platos calientes, saciantes y nutricionalmente completos sin necesidad de recurrir a ingredientes de consumo ocasional como embutidos grasos o salsas muy calóricas.
En las personas mayores, el descenso de las temperaturas no implica necesariamente un aumento del apetito. La denominada anorexia del envejecimiento puede relacionarse con cambios fisiológicos, menor actividad física, enfermedades agudas o crónicas, efectos de medicamentos, problemas bucodentales, dificultades para masticar o tragar y factores emocionales o sociales. Por ello, es importante vigilar una reducción mantenida de la ingesta, la pérdida involuntaria de peso o de fuerza y los cambios en la autonomía, y realizar un cribado nutricional validado cuando exista sospecha de desnutrición. También debe promoverse una hidratación regular, porque con la edad disminuye la percepción de sed y aumenta el riesgo de deshidratación por baja ingesta.
“En una persona mayor, que un plato caliente resulte agradable no significa que sea nutricionalmente suficiente. Si empieza a comer cantidades claramente menores o pierde peso sin proponérselo, conviene valorar la causa antes de asumir que simplemente necesita menos comida”, señala por su parte Miriam Piqueras, directora Médica de Sanitas Mayores.
Ante esta situación, los expertos de Sanitas recomiendan incorporar algunos ajustes durante los meses de otoño:
Priorizar platos calientes que resulten completos y saciantes. Sopas, cremas y potajes pueden adaptarse al otoño sin necesidad de aumentar mucho su aporte calórico. Conviene que incorporen verduras junto con alimentos ricos en proteínas y fibra, como legumbres, pescado, huevos, frutos secos o cereales integrales. Esta combinación favorece una mayor saciedad y ayuda a mantener la masa muscular, especialmente en personas mayores.
Mantener una hidratación regular. En otoño suele apetecer menos beber agua fría, pero las necesidades de líquidos se mantienen. Una opción es alternar agua con infusiones sin azúcar, caldos suaves bajos en sal o bebidas calientes sin azúcares añadidos. También pueden contribuir a la hidratación frutas de temporada con alto contenido en agua, como naranja, mandarina o pera. En las personas mayores resulta especialmente importante ofrecer líquidos a lo largo del día, ya que la sensación de sed es menos evidente.
Adaptar la compra a la temporada y aprovechar mejor los alimentos. Incorporar alimentos de temporada como calabaza, boniato, coles, acelgas, setas, granada, caqui, mandarina o naranja permite diversificar la alimentación, aprovechar productos en su mejor momento de consumo y contribuir a una alimentación más sostenible. Planificar las cantidades y aprovechar de forma segura las preparaciones que hayan sobrado contribuye además a reducir el desperdicio alimentario y favorece hábitos de consumo más sostenibles.
Aumentar el valor nutricional cuando disminuye el apetito en personas mayores. Si los platos grandes generan rechazo, es más útil repartir la alimentación en varias tomas y enriquecer las preparaciones que se aceptan bien. Una crema de verduras, por ejemplo, puede enriquecerse con huevo cocido, queso fresco, yogur natural, legumbres trituradas o pescado desmenuzado para aumentar su densidad nutricional sin incrementar excesivamente el volumen del plato.
Cuando los cambios de apetito se mantienen durante varias semanas, aparecen pérdidas involuntarias de peso, fatiga persistente o dificultades para masticar o tragar, resulta recomendable consultar con un profesional sanitario. La valoración, ya sea presencial o mediante videoconsulta, permite identificar posibles causas y adaptar la alimentación a las necesidades de cada persona.
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