Dr Álvaro de la Serna
La salud mental juvenil no depende solo de factores individuales. Las condiciones materiales, el entorno familiar y el acceso al sistema sanitario influyen tanto en el malestar como en su reconocimiento clínico.
Así lo demuestra un estudio poblacional publicado en European Child & Adolescent Psychiatry. Los investigadores analizaron los registros de atención primaria de 2.086.641 personas de entre 10 y 24 años en Cataluña entre 2008 y 2022 para conocer cómo se combinan el sexo, el nivel socioeconómico y la nacionalidad en la probabilidad de recibir un primer diagnóstico de ansiedad o de trastorno del estado de ánimo.
Para la Dra. Idoia Jiménez, médica de familia y coordinadora del grupo de trabajo de Atención al Adolescente de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFyC), analizar conjuntamente estos factores ofrece una lectura más fiel de la vulnerabilidad. “La medicina de familia y comunitaria no solo trata la enfermedad biológica, sino a la persona en su contexto familiar y social”, señala.
La desigualdad deja huella, pero de forma heterogénea
Entre los jóvenes de nacionalidad española apareció un gradiente socioeconómico claro. Frente al grupo de nivel alto, la probabilidad de recibir un diagnóstico de ansiedad fue un 31 % mayor en las mujeres y un 28 % mayor en los varones de nivel socioeconómico bajo. El gradiente también se observó para los trastornos del estado de ánimo, aunque con menor magnitud.
Los resultados reflejan el peso acumulativo de la precariedad económica y habitacional, la inseguridad alimentaria, las dificultades familiares o las experiencias adversas durante la infancia. “Todos ellos son componentes de algo global que es el nivel socioeconómico”, señala el Dr. Pedro Gorrotxategi a Univadis España, presidente de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPAP), quien subraya su influencia sobre los trastornos de ansiedad y del estado de ánimo.
El estudio no permite saber si las cifras más bajas reflejan una menor frecuencia real de los trastornos o una menor detección. El desenlace analizado fue el primer diagnóstico registrado en atención primaria, no la prevalencia de malestar psicológico, y la nacionalidad puede estar captando diferencias en el acceso, la petición de ayuda y el reconocimiento clínico.
Para el Dr. Gorrotxategi, “una explicación posible es que acudan menos a los servicios sanitarios y, por lo tanto, el número de diagnósticos sea inferior al esperado”, pese a acumular factores de riesgo. La Dra. Jiménez señala que “el idioma”, los “estigmas culturales”, la falta de apoyos sociales y familiares y “el desconocimiento del sistema sanitario” podrían explicar parte de esa menor detección.
El género también parece modular cómo se hace visible el sufrimiento. En los varones, las autolesiones y otras comorbilidades mostraron asociaciones más intensas con los diagnósticos estudiados. La Dra. Jiménez señala que ciertas normas asociadas a los estereotipos de masculinidad penalizan la expresión de “vulnerabilidad, miedo o debilidad”, por lo que el malestar puede exteriorizarse mediante conductas disruptivas, consumo de sustancias o autolesiones. En las mujeres, una mayor aceptación de la expresión emocional y de la petición de ayuda podría facilitar un contacto más temprano con los servicios.
Mirar más allá del síntoma
Para el Dr. Gorrotxategi, la respuesta comienza antes de que aparezca un cuadro clínico: “Es importante la realización en atención primaria de una historia social estructurada a todos los niños y niñas en nuestras consultas”. También recuerda que algunos determinantes actúan antes de los diez años, edad mínima incluida en la cohorte, y destaca el valor de los vínculos de apego y de la detección precoz de dificultades familiares.
Esa prevención exige una relación directa entre atención primaria, servicios sociales y centros educativos. Para la Dra. Jiménez, “el cambio más necesario es la desestigmatización de los problemas de salud mental” en colegios, institutos y universidades. Además, propone “establecer mecanismos de seguimiento conjunto” entre medicina de familia, salud mental, pediatría, educación y servicios sociales.
Los resultados deben interpretarse con cautela: el nivel socioeconómico se estimó a partir del área de residencia, la nacionalidad se utilizó como aproximación a la posición migratoria y los registros pueden reflejar desigualdades asistenciales. El principal mensaje no es que determinados grupos sufran más o menos, sino que las condiciones sociales también influyen en quién consigue que su sufrimiento sea escuchado, identificado y atendido.
La Dra. Jiménez y el Dr. Gorrotxategi no declararon conflictos de interés relevantes.
FUENTE: Univadis


