Un estudio del Servicio de Cirugía Plástica y Quemados revela que doce de los 119 pacientes intervenidos quirúrgicamente por fracturas faciales entre 2020 y 2024 (un 10 %) habían sufrido un accidente con un patinete eléctrico
Las agresiones y los accidentes de tráfico, con 24 pacientes respectivamente, siguen siendo las causas más frecuentes de las fracturas faciales, pero los pacientes que han sufrido accidentes con patinetes eléctricos son más jóvenes y requieren intervenciones de mayor complejidad
El daño puede mitigarse con medidas preventivas, como el uso de cascos integrales que protejan la mandíbula, señalan los autores del estudio, publicado en la revista European Journal of Trauma and Emergency Surgery
Los accidentes con patinete eléctrico pueden provocar lesiones faciales complejas, con una gravedad y unas tasas de complicaciones comparables a las de los traumatismos causados por accidentes de tráfico a alta velocidad. La diferencia es que sus usuarios suelen salir despedidos hacia delante al caer. El impacto se concentra en el rostro y, a velocidades superiores a los 20 kilómetros por hora, es suficiente para fracturar incluso las estructuras óseas faciales más resistentes, como la mandíbula, si no se cuenta con la protección adecuada. Según un estudio realizado por profesionales del Servicio de Cirugía Plástica y Quemados de Vall d’Hebron y publicado en la European Journal of Trauma and Emergency Surgery, de los 119 pacientes atendidos por este servicio que fueron sometidos a cirugía por fracturas faciales durante el periodo 2020-2024, un 10 % (12 pacientes) habían sufrido accidentes con patinete eléctrico.
“Las lesiones faciales que requieren cirugía tras accidentes con patinete eléctrico no son las más frecuentes, pero representan alteraciones funcionales o estéticas persistentes en el tiempo en población joven, como problemas oculares, dolor persistente en la articulación temporomandibular o maloclusión, entre otros”, explica el Dr. Bernat López-Masramon, que lidera el estudio junto con el Dr. Alexander Lugilde-Guerbek. “Queríamos analizar con datos una tendencia que observábamos en las guardias. Los daños pueden mitigarse con medidas preventivas, como utilizar cascos integrales que protejan la mandíbula y no consumir nunca alcohol antes de utilizar el patinete como medio de transporte”, añade el Dr. Alexander Lugilde-Guerbek. También participan en el estudio el Dr. Vicente García Sánchez, el Dr. Víctor Andreu-Sola, el Dr. José Manuel Collado-Delfa, el Dr. Carlos Pueyo Morillo, el Dr. Alex Arteaga, el Dr. Alejandro Grabosky-Elbaile y el Dr. Joan Pere Barret, jefe del Servicio de Cirugía Plástica y Quemados.
Según recoge este estudio, realizado a partir de los pacientes atendidos entre 2020 y 2024, las agresiones y los accidentes de tráfico, con 24 pacientes cada uno, siguen siendo las causas más frecuentes de las fracturas faciales que requieren cirugía, seguidas de las caídas accidentales (21 pacientes) y las caídas en bicicleta (14 pacientes). Por detrás de los accidentes con patinete eléctrico se sitúan los accidentes laborales (11 pacientes) y las autolesiones (10 pacientes).
Pacientes más jóvenes
Los pacientes accidentados con patinete eléctrico son, sin embargo, más jóvenes que los afectados por el resto de las causas contempladas en el estudio, con una edad media de 27,9 años, frente a los 40,6 años de media del resto de los pacientes. En consecuencia, necesitaron menos tiempo de hospitalización (7,7 días de media frente a 16,7 días) y de estancia en la UCI: solo dos pacientes ingresaron en cuidados intensivos (un 16,7 % del total), frente a los 49 pacientes del resto de los casos (45,8 %). A pesar de esta menor afectación sistémica, los traumatismos faciales provocados por patinetes presentaban una mayor complejidad y una elevada tasa de resultados adversos tras la cirugía. En concreto, se registraron complicaciones o secuelas en el 58,3 % de los casos, frente al 26,2 % en el resto de los mecanismos de traumatismo.
En cuanto a las lesiones, los accidentes con patinete afectaron especialmente a la mandíbula (66,7 %) y al maxilar superior (58,3 %). El tratamiento requirió principalmente cirugía abierta con fijación interna (81,5 %) y, en el 41,7 % de los casos, se complementó con una fijación intermaxilar para garantizar la estabilidad de la mordida.


