López-Goñi (microbiólogo): “Estamos en la edad de piedra, que no de oro, de la microbiota”

En su libro ‘Microbiota y salud mental’, Ignacio López-Goñi desmonta mitos, ordena el aluvión de estudios científicos y aborda el futuro de esta prometedora línea de investigación.

 

 

 

Cada se publican decenas de artículos científicos sobre la microbiota, gran parte de ellos analizando su relación con más de 300 enfermedades diversas. Para quienes se acercan al tema de manera tangencial, e incluso para los simples curiosos, resulta muy difícil orientarse en ese bosque de investigaciones en constante crecimiento. Suerte que tenemos la ayuda del microbiólogo, profesor y divulgador Ignacio López-Goñi, quien con su último libro Microbiota y salud mental (2025, La Esfera de los Libros), recopila lo que se ha aprendido acerca de estos huéspedes microscópicos y su conexión con nuestro cerebro.

Durante dos años, el catedrático de Microbiología y director del Museo de Ciencias de la Universidad de Navarra se ha sumergido en la literatura científica que aborda esa conexión, y el resultado es un texto clarificador y ameno en el que explica por qué estamos aún en la “edad de piedra” de la ciencia de la microbiota. En concreto, lo que sabemos (o más bien nos falta por conocer) sobre su relación con la salud y las enfermedades mentales. Se está empezando a atisbar su potencial y todo apunta a que puede llegar a ser determinante en la medicina personalizada.

Pregunta.

¿Qué le llevó a escribir este libro?

Respuesta.

En primer lugar, porque me parece un tema apasionante. Lo escribo como microbiólogo, no soy ni nutricionista, ni médico, pero esa idea de que nuestra microbiota, los microbios que tenemos en nuestro organismo, tengan tanta influencia en nuestra salud y, en concreto, en la salud mental, siempre me ha parecido apasionante. Y además me ha movido la idea de estudiarlo bien, conocer lo que sabemos en este momento, porque a veces tengo la sensación de que estamos vendiendo la leche antes de tener la vaca. Si ves lo que aparece en los medios de comunicación, en los anuncios, da la sensación de que porque te tomes un yogur vas a ser feliz, cuando el tema es mucho más complejo. Pero también quería transmitir que esto es el futuro. Estamos en la edad de piedra, no en la edad de oro, de la microbiota, pero es el futuro de la medicina personalizada: de la misma manera que han estudiado nuestro genoma, estudiarán nuestra microbiota y dependiendo de su composición -que podremos estudiar a tiempo real y no como ahora cuando hacemos un análisis de heces- se propondrán nuevos tratamientos o mejorar la vida de los pacientes. Yo no creo que con esto vayamos a curar muchas enfermedades, porque muchas de esas de las que habla el libro son enfermedades complejas, como depresión, autismo, alzhéimer, y en ellas influyen factores genéticos, ambientales, la microbiota es un factor más, pero puede contribuir a tratar de manera más efectiva y personalizada.

P.

Hablamos indiscriminadamente de flora, microbiota y microbioma, pero lo cierto es ni la microbiota y el microbioma son sinónimos ni, como recuerda usted, las bacterias son flores.

R.

Con microbiota nos referimos a quién está ahí, qué microorganismos están ahí. El término microbioma intenta responder a la pregunta no solo de quién está ahí, sino de qué hace. Para eso determinamos los microorganismos, los genes y los metabolitos, las sustancias que producen y que también pueden tener un efecto. Por eso, diferentes actores pueden producir un mismo efecto. Y en cuanto al término “flora”, como microbiólogo, me gusta más microbiota, porque las bacterias no son flores. También es verdad que hasta hace poco cultivábamos las bacterias en el laboratorio y algunas crecían, pero con las técnicas actuales en que extraen el ADN ya no tiene sentido. Gracias a ellas, hemos descubierto que hay miles de especies nuevas que no conocíamos; sabemos también que algunas están ahí, pero no podemos cultivarlas en el laboratorio. Así ha cambiado toda nuestra perspectiva sobre el enorme ecosistema que tenemos dentro.

P.

Siguiendo con la nomenclatura, ¿en qué hay que fijarse para entender los efectos de las bacterias de la microbiota, en el género, en la especie?

R.

De hecho lo que estamos viendo es que el efecto en la microbiota, y ocurre también con los probióticos, depende del género, la especie y la cepa. Es como la marca del coche, el modelo y la matrícula. La matrícula sería la cepa, puedes tener Bifidobacterium bifidum, pero sus diferentes cepas pueden tener efectos distintos. Por eso, a veces se encuentran estudios contradictorios, en apariencia, sobre el efecto de determinada bacteria. Además de la cepa, influye también el hecho de que hay una enorme variabilidad de la microbiota entre personas; probablemente compartimos solo el 30%, lo que también puede reflejarse, por ejemplo, en el efecto de los probióticos, su funcionamiento, depende de tu propia microbiota.

Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra. Foto: ARABA PRESS.

P.

Ahora que los menciona, una pregunta recurrente en las consultas es si conviene o no tomar probióticos. Además de recomendar la lectura de su libro, ¿qué respuesta se les puede dar?

R.

La alimentación sana, el ejercicio, evitar sustancias tóxicas como tabaco y alcohol, en definitiva, lo que entendemos por un estilo de vida saludable influye mucho en nuestra microbiota y nos ayuda a mantenerla sana. El concepto de microbiota sana también es muy etéreo, vendría a ser una microbiota diversa y numerosa. Lo que hay que tener claro es que por tomar un probiótico no vas a ser más feliz, ni desparecen tus problemas, ni se cura la depresión u otra enfermedad mental. Es un componente más dentro de ese estilo de vida saludable.

Hoy sabemos que existen tres grandes compuestos de la alimentación que son fundamentales para la microbiota: fibrapolifenoles probióticos naturales (yogur, kéfir, alimentos fermentados). Una dieta abundante en esos compuestos es rica en verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, aceite de oliva, frutos secos, y también hay algo de polifenoles en el café y el chocolate. Sobre todo es aconsejable evitar los ultraprocesados, el exceso de azúcar y de sal, y los tóxicos, porque se ha visto que favorecen la proliferación de bacterias inflamatorias. Y si lo ponemos todo junto, ¿qué tenemos? La dieta mediterránea. Es lo mejor para tu microbiota y además hay trabajos que han demostrado que ese patrón mejora la salud, y específicamente, la salud mental, pues contrarresta la depresión. Con todo, lo que se constata es que todo está conectado.

Y contestando a la pregunta, probióticos sí o no, pues depende. Si se sigue un estilo de vida sano, incluida la alimentación, el que tomes unas cuantas píldoras de probióticos, igual no tiene ningún efecto. Sí que están recomendados desde el punto de vista clínico, pues hay evidencia clínica de su beneficio, en el caso de diarreas intensas por un tratamiento con antibióticos, así como en algunas diarreas infantiles y en determinadas enfermedades gastrointestinales, como el síndrome del intestino irritable.

P.

Otro asunto popular y que genera muchas dudas es el SIBO. ¿Qué dice la ciencia sobre esto?

R.

SIBO son las siglas de sobrecrecimiento de bacterias en el intestino delgado. Son bacterias que deberían estar en el intestino grueso, fermentando,y por las razones que sea pasan a hacerlo en al intestino delgado. Eso te produce una serie de síntomas: malestar general, hinchazón, gases, diarreas, entre otros. En este momento lo que hay es un sobrediagnóstico de SIBO debido, probablemente, a las redes sociales, donde muchos hablan sin fundamento de esto. Hay que tener en cuenta que no es una enfermedad, sino unos síntomas, por lo que se debe buscar el origen. Pero no hay que fiarse de los autotest, que son pruebas indirectos, que dan muchos falsos positivos (es decir, que dan positivo pero no tienes nada). Lo mejor es acudir a un especialista para que realmente busque la causa que está produciendo el SIBO, para poder tratar la enfermedad en origen. Ese debería ser el planteamiento.

P.

Ha mencionado que es complejo determinar una microbiota sana, entre otras cosas por la gran variabilidad entre individuos, ¿hasta qué punto puede medirse si está sana o no?

R.

Como decía es un concepto complejo. Muchos de los análisis para ver la microbiota se basan en bacterias y dejan de lado, porque es bastante más difícil y costoso de analizar, a otros microorganismos como virus, levaduras, protozoos, de manera que solo vemos una trocito de lo que hay. Además, los test se suelen realizar a partir de una muestra de heces, con lo que tienes información de la última parte del trayecto; algunos cuestionan incluso si es representativo de todo lo que está pasando en el intestino, que puede medir más de 8 ó 9 metros. Solo muestra un fotograma de toda la película. Al final más que ir a la definición de qué microorganismos hay, lo que nos interesa es su función, el microbioma. Distintas combinaciones de microbios puede ser una microbiota sana, con un efecto similar. No obstante, cada vez conocemos más especies beneficiosas, por ejemplo, porque son grandes productoras de neurotransmisores, de ácidos grasos de cadena de corta o de sustancias no inflamatorias, entre otras sustancias, y sabemos que también hay especies proinflamatorias, y que debemos evitar. Pero al final el concepto de una microbiota sana es que sea diversa y numerosa. Cuanto mayor, mejor.

P.

Entremos en la fascinante conexión entre microbios y cerebro. ¿Qué enfermedades o trastornos mentales pueden llegar a “transmitirse” con la microbiota? Por ejemplo, menciona el experimento de los ratones que “se deprimieron” con un trasplante fecal, sin ir más lejos.

R.

Bueno, en ratoncitos se puede lograr de todo. Hay cantidad de experimentos en los que al animal se le introduce la microbiota de una persona con depresión y se deprime, o la microbiota de una persona con alzhéimer, y se ven más placas amiloides, o de personas con párkinson, y se aprecia en ratones que sobrexpresaban la alfa sinucleína un agravamiento de las alteraciones motoras. Parece que somos capaces de trasplantar muchos de estos síntomas a través de la microbiota. Pero en humanos es mucho más difícil. Hay algunos casos curiosos, por ejemplo, el de una persona octogenaria que tiene alzhéimer y además una infección por Clostridium difficile, y al someterle a un trasplante de microbiota intestinal procedente de microorganismos de su mujer, sorprendentemente mejoran los síntomas del alzhéimer. Pero es un experimento puntual, único. Habría que determinar elementos como qué microorganismos son los que han podido causar ese efecto o cuánto dura la mejoría. Lo que sabemos ahora es que no hay ningún tratamiento basado en trasplante de microbiota intestinal o en probióticos para estas enfermedades, pero, como decía, estamos en la edad de piedra de esto.

P.

Además de tratar, la microbiota podría aportar marcadores de enfermedades que son difíciles de diagnosticar precozmente, por ejemplo, el alzhéimer

R.

Sí, también hay que pensar en su utilidad en el diagnóstico. Se ha estudiado que una proteína, la zonulina, producida en el intestino, se asocia a mayor permeabilidad intestinal, y esta también a diversas enfermedades mentales y neurológicas, entre ellas el alzhéimer. Sería interesante contar con un biomarcador para detectar, por ejemplo, saliendo del campo de las enfermedades neurológicas, el cáncer de páncreas, que normalmente se diagnostica muy tarde; de hecho, se investiga ya en una firma microbiona que parece asociarse al ese cáncer incipiente. Pero para que sea una realidad en la clínica, habría que avanzar en los métodos diagnósticos.

P.

¿Puede influir la microbiota en la eficacia de los tratamientos?

R.

Desde luego, se está viendo que cómo respondas tú a determinados fármacos también depende de tu microbiota. Por ejemplo, se ha visto con los antidepresivos; en concreto con la fluoxetina hay estudios que muestran que una determinada microbiota puede modular el efecto del fármaco. Lo mismo se ha visto con la enfermedad de Párkinson, en la que disminuyen las neuronas que producen dopamina. Uno de sus tratamientos, la levodopa, es un precursor de la dopamina, y en algunas personas que responden peor a este tratamiento se ha observado que la microbiota puede estar degradando y disminuyendo la eficacia del tratamiento. Y lo mismo se está viendo en el cáncer con la quimioterapia e inmunoterapia. Lo cierto es que se nos ha abierto un mundo con la microbiota. Ahora todo parece que está relacionado con ella, pero necesitamos tiempo, muchos más ensayos clínicos, mayor número de pacientes de manera que los resultados sean más sólidos y fiables, y entender mejor el mecanismo molecular concreto en cada enfermedad.

P.

Ya tenemos un tratamiento basado en la microbiota intestinal, Rebyota, para tratar la infección recurrente por C. difficile, pero ¿cuál es su visión sobre cómo se puede evolucionar este campo de la medicina?

R.

Por lo pronto, hay que avanzar en los análisis de microbiota a tiempo real; hoy parece ciencia ficción, pero habría que tener dispositivos en los que sepamos en el momento qué microorganismos hay en cada tracto del intestino y poder hacer un mapa de la microbiota a tiempo real. Eso sería ya un gran avance. Y una vez con eso, se puede relacionar con la enfermedad concreta, y a partir de ahí, proponer un trasplante o un probiótico personalizado. Lo ideal sería que se pudiera ir a una biblioteca de microorganismos, donde están las cepas, con su matrícula, y preparar para ese individuo concreto un cóctel que sabemos va a modular su microbiota para obtener un efecto beneficioso. Se puede soñar que llegaremos a eso algún día.

 

FUENTE: Diario Médico.

Ana Manterias
Ana Manterias
Colabora en el portal desde el ámbito de la comunicación y el marketing, con una visión estratégica orientada al sector de la sanidad y la salud, las enfermedades y la nutrición. Especializada en relaciones institucionales, coordina la línea editorial de todos los autores con un enfoque riguroso y coherente.

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