El ejercicio físico se consolida como una estrategia clave para combatir la disfunción sexual femenina

Una revisión sistemática y metanálisis liderada por investigadores de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) confirmó que la actividad física regular no solo aporta beneficios cardiovasculares o metabólicos, sino que produce mejoras significativas y clínicamente relevantes en la función sexual de las mujeres.

La disfunción sexual es una condición compleja que afecta a más del 43 % de las mujeres a nivel mundial, supera en prevalencia a la masculina y, pese a ello, sigue siendo un área escasamente investigada y frecuentemente infradiagnosticada. A pesar de su alta prevalencia y de estar vinculada fuertemente al bienestar integral, históricamente ha recibido menos atención médica e investigativa que la disfunción sexual masculina. Sin embargo, un reciente y exhaustivo estudio publicado en The Journal of Sexual Medicine arroja luz sobre una alternativa terapéutica accesible, económica y no farmacológica: el ejercicio físico estructurado.

Metodología rigurosa, resultados contundentes

El equipo, liderado por la doctora Sara Maldonado-Martín, analizó más de 3.600 artículos procedentes de cuatro grandes bases de datos científicas (PubMed, Cochrane, Scopus y Web of Science) hasta agosto de 2025. Tras aplicar criterios estrictos de inclusión, seleccionaron 23 ensayos controlados con mujeres adultas de entre 20 y 60 años, con y sin patologías subyacentes (cáncer ginecológico, esclerosis múltiple, síndrome de ovario poliquístico, obesidad, menopausia, incontinencia urinaria, entre otras). De los estudios analizados, 20 mostraron optimizaciones directas en la función sexual tras la implementación de programas deportivos.

Los resultados fueron claros: las mujeres que practicaron ejercicio mostraron una mejoría media de 5,31 puntos en la puntuación total del Índice de Función Sexual Femenina frente a los grupos control (IC 95 %: 4,87-5,75). Las mejoras fueron estadísticamente significativas en todos los subdominos evaluados, con incrementos de entre 0,59 puntos en deseo y 0,96 en satisfacción.

  • Satisfacción: incrementada en 0,96 puntos.
  • Lubricación: aumentada en 0,94 puntos.
  • Orgasmo: mejorada en 0,88 puntos.
  • Dolor (dispareunia): reducido en 0,82 puntos.
  • Excitación: elevada en 0,69 puntos.
  • Deseo: mejorado en 0,59 puntos.

El 78 % de los estudios incluidos mostró diferencias significativas entre el grupo que practicó ejercicio y el que no intervino, y el 87 % documentó mejoras post-intervención en el grupo activo.

En declaraciones para Univadis España, la Dra. Marta Ímaz, médico de familia del Servicio Madrileño de Salud y profesora asociada de la unidad docente de medicina de familia y atención primaria de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid, afirma que “dada la complejidad de la disfunción sexual femenina, y analizando el impacto que el ejercicio físico tiene en la psicobiología de la función sexual, existe coherencia científica en que los mejores resultados de respuesta se alcancen en aquellos dominios más relacionados con respuestas fisiológicas concretas (vascularización, niveles hormonales) y sean más moderados en dominios de mayor complejidad psicobiológica (deseo, excitación)”.

¿Cuáles son los mecanismos biológicos implicados?

La investigación detalla que las mejoras se sustentan en procesos neuroendocrinos, metabólicos y vasculares inducidos por el esfuerzo físico.

A nivel muscular, actividades específicas como el entrenamiento de los músculos del suelo pélvico incrementan notablemente la capacidad de contracción, lo cual optimiza la intensidad y frecuencia de los orgasmos. Finalmente, el componente psicológico es crucial: la práctica constante disminuye la ansiedad y la depresión, mejora la calidad del descanso y fortalece la autoimagen corporal, un factor estrechamente ligado al disfrute y bienestar sexual pleno.

¿Qué tipo de ejercicio funciona mejor?

La revisión evaluó una amplia gama de intervenciones: entrenamiento del suelo pélvico (incluidos ejercicios de Kegel y el protocolo YUN), ejercicio aeróbico continuo e interválico, entrenamiento de fuerza, yoga, ejercicio acuático, estabilización del core y danza del vientre. La mayoría mostró beneficios significativos; las modalidades con mayor respaldo fueron el entrenamiento del suelo pélvico, el ejercicio aeróbico y el yoga.

Los mecanismos que explican esta asociación son múltiples: mejoras en la circulación sanguínea genital, regulación neuroendocrina (con aumento de testosterona, oxitocina y endorfinas), reducción de la ansiedad y la depresión, y una mejor percepción de la imagen corporal. El ejercicio también fortalece la musculatura pélvica, clave para el control, el placer y la prevención de la incontinencia.

Limitaciones que no deben ignorarse

Los propios autores señalan que la heterogeneidad estadística entre los estudios fue elevada, lo que obligó a emplear modelos de efectos aleatorios y condujo a una calificación de la evidencia como baja según el sistema GRADE. Esta variabilidad refleja las diferencias en poblaciones, tipos de intervención, duración, intensidad y contexto cultural. Algunos programas específicos, como la danza del vientre en pacientes con cáncer de mama bajo terapia hormonal, o el ciclismo pasivo en hemodiálisis, no produjeron mejoras estadísticamente significativas, probablemente por tamaños muestrales reducidos o interferencias farmacológicas.

Conclusiones
Uno de los resultados más alentadores de la revisión es que los beneficios se presentan de manera independiente a la modalidad deportiva seleccionada. Programas de suelo pélvico (como los protocolos Kegel), ejercicios de fuerza con cargas, entrenamiento aeróbico (en cinta o caminata), yoga o actividades acuáticas demostraron ser altamente eficaces siempre que se mantuvieran por un periodo mínimo de cuatro semanas.

Los datos obtenidos respaldan la incorporación del ejercicio físico estructurado como estrategia terapéutica de primera línea, o complementaria, en el abordaje de la disfunción sexual femenina. La recomendación no discrimina por patología de base: los beneficios se observaron tanto en mujeres sanas como en aquellas con enfermedades crónicas.

“El futuro del problema abordado por este estudio probablemente pase por programas integrales de promoción de la salud femenina, con intervenciones multidisciplinares en educación sexual, programas comunitarios de ejercicio, todo ello encuadrado en estrategias propias de la atención primaria, como son la salud comunitaria y los activos comunitarios, la prescripción habitual y personalizada de ejercicio físico y la prevención cuaternaria”, subraya la Dra. Imaz.

A tenor de estos hallazgos, los autores destacan la importancia de que las guías de salud internacionales comiencen a recomendar formalmente la prescripción de rutinas de ejercicio a largo plazo como terapia preventiva y coadyuvante para la disfunción sexual femenina. En definitiva, la promoción de la salud sexual en las mujeres es crucial para fomentar un bienestar holístico, mejorar la calidad de vida y potenciar el empoderamiento individual.

Los autores del artículo declararon no poseer conflictos de interés pertinentes. La Dra. Marta Imaz Rubalcaba declaró no tener conflictos de interés.

Referencias

 

 

 

FUENTE: Univadis 

Ana Manterias
Ana Manterias
Colabora en el portal desde el ámbito de la comunicación y el marketing, con una visión estratégica orientada al sector de la sanidad y la salud, las enfermedades y la nutrición. Especializada en relaciones institucionales, coordina la línea editorial de todos los autores con un enfoque riguroso y coherente.

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