La resistencia a los antibióticos pasó de ser un asunto incómodo del que apenas se hablaba a convertirse en una prioridad mundial, y en ese cambio de paradigma hay investigadores que llevan años trabajando cuando casi nadie miraba
La resistencia a los antibióticos no irrumpió de golpe en la agenda sanitaria internacional. Durante décadas, avanzó de forma silenciosa, casi invisible para el gran público y con escaso respaldo institucional. Mientras los hospitales comenzaban a detectar infecciones cada vez más difíciles de tratar, el problema seguía sin ocupar un lugar prioritario entre las grandes amenazas globales. Hoy, sin embargo, la situación es muy distinta: la resistencia antimicrobiana es considerada un reto sanitario de primer orden y un riesgo transversal que afecta a humanos, animales y medio ambiente.
Bruno González-Zorn, jefe de la Unidad de Resistencia Antimicrobiana de la Universidad Complutense de Madrid y profesor adjunto de Biotecnología en la University for Development Studies de Ghana, ha dedicado cerca de dos décadas a estudiar cómo se mueven las bacterias resistentes entre distintos ecosistemas. En una entrevista concedida a ConSalud.es, explica que su grupo multidisciplinar de investigación, la Unidad de Resistencia a los Antibióticos (ARU), “fue creado desde la perspectiva de One Health ya a principios de este siglo”.
Su trayectoria científica arrancó con una tesis doctoral sobre Listeria, una bacteria capaz de moverse entre el medio ambiente, los alimentos, los animales y los seres humanos. “Con ese doctorado en esa bacteria que afecta a todos los ecosistemas, me fui al Instituto Pasteur de París a hacer mi postdoctorado en resistencia a los antibióticos en el laboratorio Patrice Courvalin”. Desde el inicio, su planteamiento fue claro: “Las bacterias están en todas partes y da igual que vengan de un charco, de un alimento, de un niño o de un cerdito”, relata. Tras su etapa postdoctoral decidió regresar a España con un contrato Ramón y Cajal para crear su propio grupo.
El camino no fue sencillo. González-Zorn recuerda que durante años trabajar en resistencia a antibióticos no era atractivo ni prioritario. “Los principios fueron difíciles porque nadie quería trabajar ni en resistencia a antibióticos ni en One Health. Los veterinarios trabajaban con animales, los médicos con seres humanos y los biólogos con el medio ambiente, y había muy poca interacción”. Apostar por un equipo multidisciplinar fue, entonces, una decisión poco habitual, pero clave para el futuro.
2014, el punto de inflexión
El punto de inflexión llegó en 2014, cuando la Organización Mundial de la Salud lanzó el Plan Mundial de Lucha contra la Resistencia a los Antibióticos. Hasta entonces, reconoce el investigador, “fueron muchos años de predicar en el desierto”. Hasta ese momento, incluso desde las administraciones se evitaba abordar el problema por el miedo que pudiera generar en la población. Fue con el nacimiento del PRAN (Plan nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos) cuando pasó de ser un asunto incómodo a una prioridad real. “Ahí vi la luz. Por fin esto se convirtió en una prioridad real en España y en el mundo”, subraya. Hoy, González-Zorn asesora a organismos internacionales (como la OMS o el G20) y sostiene que la pandemia de COVID-19 ayudó a consolidar la idea de que la salud es un ecosistema interconectado.
En términos científicos, el mayor avance de las últimas dos décadas ha sido conceptual. “Lo más importante ha sido darnos cuenta de que la resistencia a los antibióticos, aunque la veamos en hospitales y UCIs, no se queda ahí”, explica. “Las bacterias no se quedan en los hospitales. Fluyen entre humanos, animales y el medio ambiente”. Esta constatación ha cambiado la manera de abordar el problema y ha demostrado que las medidas aisladas no son suficientes.
Sin embargo, trasladar los hallazgos científicos a políticas efectivas para la salud de la población sigue siendo un reto complejo. “A veces se encuentran barreras que pueden ser económicas, a veces pueden ser de prioridades a nivel nacional”, enumera. Convencer a los responsables políticos de que la prevención es rentable continúa siendo uno de los grandes retos. “Mientras que en los países del norte de Europa se han dado cuenta de que prevenir infecciones y luchar contra la resistencia a los antibióticos ahorra dinero, en muchos países, incluyendo el nuestro, todavía no nos hemos convencido de que la prevención de la infección y la lucha contra la resistencia a los antibióticos ahorra dinero y acorta listas de espera”.
Datos que preocupan
En España, a pesar de los avances, persisten cifras preocupantes. “Seguimos siendo de los países que más antibióticos utiliza”, alerta. El uso elevado se da tanto en atención primaria como en hospitales y en el ámbito veterinario. La automedicación y la dispensación sin receta siguen siendo problemas presentes, aunque la situación ha mejorado de forma notable respecto a décadas anteriores.
La comparación con los países del norte de Europa es recurrente. “Nos llevan diez años de ventaja en sus planes de lucha contra la resistencia a los antibióticos”, señala. Para González-Zorn, esa diferencia temporal explica buena parte de la brecha actual en consumo y niveles de resistencia. Aun así, se muestra optimista: “En España estamos avanzando pero necesitamos tiempo para estar al nivel de los países del norte de Europa”.
Ese optimismo se apoya también en la experiencia previa de cambios sociales profundos. “Ha pasado con el tabaco en espacios públicos y con la seguridad vial”, recuerda. “Las campañas intensas de concienciación pública funcionan”. Para él, el objetivo es claro: que la sociedad entienda que “un antibiótico no es un ibuprofeno ni un paracetamol” y que salir de la consulta sin receta no es una derrota, sino una buena noticia: “Quiero que el español se alegre cuando no le recetan un antibiótico”, asevera.
Desde hace una década, decidió dar un paso más allá del laboratorio. “Creo que no basta con hablar entre científicos. Si trabajas en salud pública tienes la obligación de abrirte a la sociedad y hacer divulgación”, afirma. Cambiar la percepción cultural del antibiótico es, en su opinión, tan importante como desarrollar nuevas moléculas. Proteger los antibióticos, concluye, es proteger la sanidad del futuro. Y ese mensaje, que hoy empieza a calar, fue durante mucho tiempo una voz solitaria adelantada a su tiempo.
FUENTE: ConSalud.es








