El barco, el virus y el caos

La crisis sanitaria provocada por el brote de hantavirus detectado a bordo del crucero MV Hondius se ha convertido en la primera gran alerta epidemiológica internacional gestionada por España desde la pandemia de covid-19. Y precisamente por eso ha generado una mezcla explosiva de temor social, memoria traumática y ruido político.

Durante días, las imágenes del barco frente a Canarias, las discusiones entre administraciones y las referencias constantes a cuarentenas, aislamiento y vigilancia sanitaria despertaron inevitablemente recuerdos de 2020. Pero los expertos llevan insistiendo desde el principio en una idea fundamental: esto no es la covid.

El propio director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, lanzó un mensaje muy claro a la población de Tenerife: “Esto no es otro COVID-19”.  Y tenía razón.

El hantavirus pertenece a una familia de virus zoonóticos conocidos desde hace décadas. Su principal vía de transmisión sigue siendo el contacto con excrementos, saliva u orina de roedores infectados, especialmente mediante inhalación de aerosoles contaminados en espacios cerrados. El problema del brote del Hondius es que la cepa identificada ha sido el virus Andes, la única variante donde se han documentado episodios limitados de transmisión entre personas.

Ese matiz es esencial. Porque aquí apareció el primer gran problema de la crisis: la simplificación mediática.

La transmisión entre humanos existe, sí. Pero no funciona como un coronavirus respiratorio de alta transmisibilidad. Requiere contactos estrechos, prolongados y generalmente en contextos familiares o sanitarios. El virólogo Adolfo García-Sastre explicó que “el riesgo de contagio con este virus, Andes, es muy pequeño”, recordando que incluso en los brotes argentinos la transmisión se produjo entre personas con contacto muy estrecho y repetido. En la misma línea, el microbiólogo Gustavo Palacios advirtió que el virus puede generar “contagios en cadena”, pero añadió una idea clave: el hantavirus parece encontrar rápidamente un “punto muerto” en la transmisión, sin capacidad para expandirse indefinidamente como ocurrió con el SARS-CoV-2. También el catedrático de inmunología, Alfredo Corell ha insistido en que no estamos “ante una nueva pandemia”, aunque ha defendido  la necesidad de mantener protocolos estrictos debido a la elevada letalidad de la cepa Andes.

Y probablemente una de las frases más sensatas de toda esta crisis fue la del virólogo José Antonio López: “No hay que frivolizar con esto”. Porque ahí está precisamente el equilibrio difícil. Ni alarmismo histérico ni banalización política.

El virus de los Andes puede alcanzar tasas de mortalidad muy elevadas. Algunos informes hablan de letalidades próximas al 40% e incluso superiores en determinados brotes sudamericanos. Pero al mismo tiempo los especialistas insisten en que el riesgo de transmisión comunitaria sostenida es extremadamente bajo.

El epidemiólogo veterinario Nacho de Blas lo resumió con bastante claridad al definir el hantavirus como “un virus muy letal pero poco contagioso”.

Este contexto científico es el que debería haber marcado toda la comunicación institucional desde el primer minuto. Y ahí es donde aparecieron las diferencias entre administraciones.

El Gobierno central reaccionó con rapidez razonable en el plano técnico. El Ministerio de Sanidad, coordinado con la OMS y el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, activó protocolos de rastreo, aislamiento y vigilancia epidemiológica.

Los pasajeros españoles fueron trasladados bajo estrictas medidas de bioseguridad al Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, en Madrid, donde se habilitaron unidades de aislamiento de alto nivel y cuarentenas preventivas de hasta 45 días debido al largo periodo de incubación del virus.

La Comunidad de Madrid actuó aquí con una lógica eminentemente técnica. Más allá del debate político habitual, el sistema sanitario madrileño dispone desde hace años de capacidades NBQ —nuclear, biológica y química— preparadas precisamente para incidentes de este tipo. Y eso se notó.

El seguimiento mediante PCR, pruebas serológicas y vigilancia clínica intensiva respondió a criterios epidemiológicos clásicos: detectar precozmente cualquier posible cadena secundaria de transmisión.

Además, un juzgado madrileño avaló jurídicamente las cuarentenas obligatorias, reforzando el principio de que la salud pública puede justificar restricciones proporcionadas y temporales cuando existe riesgo colectivo acreditado.

Sin embargo, el Gobierno central también cometió errores. El principal fue de comunicación.

España sigue sin disponer de una Agencia Estatal de Salud Pública plenamente consolidada y visible, capaz de centralizar mensajes científicos con autoridad técnica independiente. Eso provocó que durante varios días coexistieran ruedas de prensa prudentes con declaraciones políticas contradictorias y filtraciones constantes.

Y cuando la comunicación sanitaria se fragmenta, el miedo llena automáticamente el vacío.

Las redes sociales se inundaron de teorías absurdas, comparaciones con películas apocalípticas y bulos sobre contagios masivos inevitables. La agencia SINC tuvo que recordar públicamente que el hantavirus “ni es nuevo ni es como la covid”.

Fernando Benavides, vocal de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria, fue especialmente contundente al afirmar que “la crisis del hantavirus ha puesto en evidencia, una vez más, la falta de un organismo en España con autoridad científica y respaldo político”. Y no fue el único.

La epidemióloga Maria Van Kerkhove, responsable técnica de la OMS para enfermedades emergentes, insistió en que el desembarco debía hacerse bajo “protocolos estrictos de bioseguridad y seguimiento epidemiológico coordinado”.

El especialista en salud pública Fernando G. Benavides defendió, además, que las futuras crisis sanitarias deben afrontarse “con transparencia, legitimidad científica y coordinación internacional”, alertando de que la improvisación política debilita la confianza ciudadana.

Incluso desde la propia administración valenciana, la directora general de Salud Pública, Begoña Comendador, insistió en la necesidad de actuar “en coordinación permanente con el Ministerio” y evitando mensajes alarmistas sobre una transmisión masiva que los datos epidemiológicos no sostenían.

Ahí es donde la gestión del Gobierno de Canarias se convirtió en uno de los episodios más polémicos de toda la crisis.

El presidente canario, Fernando Clavijo, mostró inicialmente su oposición al fondeo y acogida del barco por temor al riesgo sanitario y ambiental. El problema no fue pedir prudencia. Eso era razonable. El problema fue alimentar hipótesis técnicamente insostenibles en mitad de una operación internacional coordinada por la OMS.

La discusión pública sobre si roedores infectados podían “nadar” desde el barco hasta la costa acabó convirtiéndose en símbolo de cómo una crisis sanitaria puede degradarse rápidamente cuando el debate abandona el terreno científico. Y precisamente ahí emergió uno de los elementos jurídicos más relevantes y menos explicados de toda la crisis: la Ley de Puertos del Estado y de la Marina Mercante.

Porque más allá del ruido político, el desembarco del MV Hondius terminó resolviéndose mediante la aplicación estricta del marco legal estatal.

El Texto Refundido de la Ley de Puertos y de la Marina Mercante atribuye a la Administración Marítima competencias sobre seguridad marítima, maniobras y zonas de fondeo. Y el artículo 299 permite adoptar medidas extraordinarias respecto a buques necesitados de asistencia o que puedan representar riesgo para personas o medio marino. La Dirección General de Marina Mercante acabó imponiendo el operativo de acogida alegando razones sanitarias y de seguridad marítima.

Y conviene decirlo con claridad: probablemente fue la decisión correcta.

Porque el Derecho marítimo internacional existe precisamente para evitar que un barco con pasajeros potencialmente enfermos quede atrapado en un limbo político mientras distintas administraciones discuten competencias.

En este caso, España evitó finalmente escenas de improvisación y abandono que sí se han visto históricamente en otras crisis marítimas internacionales.

El protocolo diseñado para el desembarco fue extraordinariamente rígido: corredores sanitarios cerrados, uso obligatorio de mascarillas FFP2, evacuaciones escalonadas y repatriaciones coordinadas por nacionalidades.

Todo ello respondía a una lógica muy concreta: contención proporcional.

Y esa palabra —proporcionalidad— probablemente resume la principal lección de esta crisis.

Porque después de la covid existe el riesgo de caer en dos errores opuestos. El primero es minimizar cualquier amenaza epidemiológica por cansancio social. El segundo es reaccionar automáticamente con pánico ante cualquier virus desconocido.

Los expertos llevan días insistiendo en que ninguna de las dos posiciones es seria.

El doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus recordó, además, que “el dolor de 2020 sigue siendo real”, reconociendo el impacto psicológico que generan hoy las alertas sanitarias internacionales.

Al mismo tiempo, especialistas internacionales alertaron sobre otro aspecto relevante: el impacto del cambio climático y de las alteraciones ecológicas en la expansión de enfermedades zoonóticas.

Investigadores internacionales consultados en los últimos días señalaron que el aumento reciente de casos en Sudamérica podría estar relacionado con cambios ambientales que favorecen el crecimiento de poblaciones de roedores tras periodos extremos de sequía y lluvias intensas.

Ese punto es importante porque muestra algo que a menudo se olvida: las crisis sanitarias modernas no son solo problemas médicos. También son problemas ambientales, logísticos y políticos.

Y ahí España todavía muestra debilidades estructurales evidentes.

La coordinación entre administraciones autonómicas y Estado sigue siendo excesivamente dependiente de la voluntad política del momento y de las siglas políticas. Las competencias fragmentadas generan retrasos, contradicciones públicas y tensiones innecesarias. En salud pública eso puede resultar peligrosísimo.

Los virus aprovechan mucho mejor la descoordinación administrativa que cualquier oposición parlamentaria.

Aun así, también conviene reconocer algo que en ocasiones se olvida demasiado rápido: los sistemas técnicos funcionaron razonablemente bien.

Mientras las cámaras enfocaban declaraciones políticas, epidemiólogos, inspectores sanitarios, personal portuario, médicos militares y especialistas en salud pública sostuvieron realmente la operación. Eso merece reconocimiento.

Porque las crisis sanitarias no se resuelven con tertulias ni en Twitter —o X— lanzando bulos y odio. Se resuelven con protocolos, laboratorios, jerarquías claras y profesionales preparados para actuar bajo presión.

España tiene problemas evidentes de coordinación institucional. Pero también conserva una red de profesionales sanitarios y estructuras técnicas de enorme nivel que, cuando se activan correctamente, siguen siendo capaces de responder con eficacia. Y quizá esa sea la gran conclusión de esta crisis sanitaria.

La amenaza era real. El virus era peligroso. Había razones legítimas para actuar con prudencia extrema. Pero la situación nunca estuvo cerca de convertirse en una pandemia descontrolada.

Lo importante ahora será aprender las lecciones correctas.

Mejorar la comunicación científica. Reforzar las estructuras estatales de salud pública. Evitar la politización inmediata de las emergencias sanitarias. Y entender que en situaciones así las decisiones deben apoyarse en evidencia técnica, no en impulsos emocionales o cálculos partidistas.

Porque habrá nuevos brotes. Nuevas alertas internacionales. Nuevos virus.

La cuestión no es si volverá a ocurrir. La cuestión es si la próxima vez escucharemos antes a los epidemiólogos que al ruido.

José Angel Jarne
José Angel Jarne
Miembro de ANISALUD (La Asociación Nacional de Informadores de la Salud), José Ángel Jarne ha sido el responsable de varios gabinetes de prensa del sector de periodismo sanitario (de una asociación de pacientes y director de comunicación de una fundación de investigación de células madre). Durante los últimos años se ha dedicado a la gestión de gabinetes de prensa y la organización de eventos en el ámbito privado. Es el director del portal.

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